Antes de abrir sus ojos al despertar, la poderosa imagen de los relojes derretidos de Dalí surcaba toda su frente. Que extraño pensó Anselmo Paulino Roncones. Para luego musitar: nada es para siempre. Tras un breve estiramiento, miró fijamente la blancura de su techo como símbolo de la nada. En minutos Claudia Pedralles despertó, su fiel asistente y mejor amante, y volcó su torso hacia Anselmo frotándole sus piernas y acariciándole su pecho. El frote de pieles era éxtasis, un preámbulo de gloria para encarar el nuevo día. Era doce de mayo. Entre guerras y un nuevo hantavirus. El importante viaje del Trompo Gotti …









