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AURA & LOS OLVIDOS

Despertó temprano y todo estaba definido. Jacques le Bon era cartesiano de forma y con estilo de agenda milimétrica hasta los tuétanos, dado su oficio de comerciante. Sobrevolar y repasar los puntos de agenda uno tras otro de forma mental, era un hábito le acompañaba desde su niñez. Estaba en el parque caminando, para luego desayunar según lo estipulado. Luego iría rumbo a la casa de playa con la familia, para descansar y disfrutar del fin de semana largo. Ya desde el día antes tenía lista y en el lugar indicado, su habitual funda de supermercado de reciclaje lista con las cosas llevaría: sus libros de reflexiones diarias espirituales, el libro Colón el converso que cambió el mundo, Areíto, el resumen semanal del listín de The New York Times, unas llaves de la playa, par de medicamentos, poloshirt y calzoncillo. Todo lo demás necesitaría estaban en la playa como un básico segundo closet.

Llegó la hora de partir. No fue solo hasta llegar y desplegar el baúl del vehículo cuando notó la ausencia del cómodo bolso verde de supermercado. Increíble vociferaba Jacques le Bon a su esposa. Se me quedó mi bulto de viaje le dijo Jacques. Su amada le miró con una sonrisa de pobrecito esquemático obsesivo y compulsivo. En un espacio de breves minutos casi se le instala la desesperación a Jacques le Bon. Mis medicinas dijo, sin nada que leer se quejaba junto al runrunar feroz de las olas del mar Caribe. De pronto paró, pensó y meditó. No vuelvo para la ciudad se dijo. Un día y medio sin la pastilla de la presión no me va a matar. Sin su reciente lectura del Almirante de la Mar Oceánica la cual estaba en un clímax de sabrosura literaria con el reciente libro del historiador Esteban Mira Caballos, no se le iba a acabar el mundo.

Ya en aceptación. subió a la habitación. Aquí tengo todo lo necesario se decía y se terapiaba Jacques le Bon. Sentado ya en su silla se ponía el traje de baño, un t-shirts y sus chancletas aterciopeladas. De repente divisó la mesa de noche de su amada esposa. Y divisó Aura. Un pequeño libro de Carlos Fuentes. Meses atrás su esposa lo había leído junto a un club de lectura que pertenece. Le había hablado bien de la obra recordaba. Inmediatamente le hecho mano. Bajo junto al libro y su bocina para adentrarse en su poltrona con vista al mar. El libro apenas consta de 58 páginas mascullaba Jacques le Bon. Le agradaba la portada con aquellas delicadas manos repicando un hermoso pórtico.

Ya sentado con la postal de la bahía de Ocoa primero desplegó la música. El nuevo álbum de Renaud Capuçon Plays Bach sonaba de fondo. Desde el inicio la narrativa de Fuentes era cautivadora. Aquél anuncio de periódico. La oportunidad del escritor, recién llegado de formarse en Francia, de ganar plata y poder publicar sus primeros versos. El lujo experimentado de cada detalle. La destreza en la descripción de los espacios. La fusión de las dimensiones geométricas con los sentimientos y emociones. La viuda y las memorias de su esposo el viejo militar afrancesado Llorente. Aura o el alterego de la vieja.

Fuentes el sibarita y excelso literato educado en París, hijo de diplomáticos con sabor a mundo y cultura. 58 páginas que parecían segundos y un teatro que estimulaba las cuatro dimensiones del ser. Era real Aura, o una invención de viejas vivencias y experiencias del gran literato se preguntaba Jacques le Bon. Una narrativa exquisita. Circunscrita a un pequeño espacio, donde Felipe Montero, Consuelo Llorente y Aura más que personajes eran una especie. Tal como dice la crítica " Aura es más que una intensa historia de fantasmas. Es una lúcida y alucinada exploración de lo sobrenatural, un encuentro de esa vaga frontera entre la irrealidad y lo tangible, esa zona donde el horror engendra hermosura". De esas obras de pocas páginas de una profundidad y perspectiva literaria de grandes dimensiones. Narraciones literarias que te dejan pensando días después de leer. Desde lo breve que es bueno dos veces, Jacques le Bon disfrutaba el poderoso aroma a literatura al ritmo mágico de la vida.

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