Los muros olían a moho de coralina. Sin ser historiador profesional, Jacques le Bon tocaba los acontecimientos de esta especie de tránsito de edad Media del siglo XXI. Pronto veremos el nuevo Renacimiento con aroma a IA sentenciaba Jacques le Bon. Un año ya de disrupciones semana tras semana, instauraban el cambio como un trompo tramposo que daba vueltas sin cesar. El tema del vencimiento del acuerdo nuclear Stars III le producía escalofríos. Los barcos de guerra imperiales en Puerto Príncipe, eran un agridulce de la ya necesaria intervención y la posible fuerte pisada de la bota militar. Cuba agonizaba ya a orillas del mar( Le Bon recordaba al artículo de la poetisa Álvarez del viernes en Diario Libre sobre la nueva obra de Padura) con la moribunda mentira revolucionaria. El alto militar chino con la soga al cuello, un afianzamiento del totalitarismo. El hombre mesiánico y fuerte, que vuelven como las aguas del río siglo tras siglo, como solución efímera al temor de lo desconocido y los inminentes cambios para la humanidad. Todo era política, para esta especie de animales políticos susurraba Jacques le Bon.
Era domingo y Jacques le Bon estaba sentado frente al televisor. Degustaba un sabroso chile con carne de las Vega con innumerables nachos junto a su familia. Justo a las 7:30pm inicio el Súper Bowl, la final del fútbol americano. Desde muy joven Jacques le Bon daba seguimiento a estas finales influenciado por los hermanos Bogaert, amigos de infancia, uno de ellos Ámerico Samuel jugaba aquí con los Dominican Raiders. Y con la excusa de la final, se convertía en un can el evento. Ahora a los hijos de Jacques le Bon también les gustaba el fútbol americano, al igual que a su esposa con mucha influencia gringa por haber estudiado su carrera universitaria en el imperio. Si bien los primeros dos cuartos no fueron dignos de una final, el espectáculo del medio tiempo estaba permeado por la poderosa guerra ideológica de los tiempos. La libertad quizás extrema contra la imposición se debatían. La luz y la oscuridad sin aparente sombra se enfrentaban. De alguna manera, mascullaba Jacques le Bon, la guerra encarnizada no dejaba espacio para el medio y la sensatez. Los extremismos fluctuaban entre el globalismo-woke y el neo-nacional "socialismo" de élites de la tecnología abarcadora.
Hace tiempo que Jacques le Bon había decidido no emitir juicios del nuevo arte. Ser padre de jóvenes de los tiempos le hacían procurar sentarse en el banco, para ver pasar el carro de los nuevos triunfadores de los tiempos. Hombre del rock de los ochenta que disfrutaba los Rolling Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd, Dire Straits o Camel. Que fue medio satanizado en aquellos tiempos. Melomano que fluctúa entre el jazz de un Pat Metheny o Keith Jarret y lo clásico de Bach, Beethoven, Tchaikovsky, Mozart o Satie día por día en sus horas de ocio, asumía su realidad de avex rarus del panorama global. Si bien no gustaba del tosco perreo. Le producía cortocircuito el culto tan directo al sexo burdo de las letras. Se sentía incomodo con el frenesí sin aparente contenido. Rechazaba la sonoridad de la hoy endiosada y reverenciada francachela latinoaméricana. Con force de una imposición de igualdad a la cañona con aroma a narcosimbología.
Al llegar el medio tiempo Jacques le Bon hizo mutis y practicó la receptividad como alumno espiritual. Desechado los contornos, lo abrupto y colonizador de imponer el hermoso idioma español en el corazón imperial de la anglosfera. A Jacques le Bon que prefirió no hacer juicios como arte, le agrado el espectáculo como acto político desde el momentum. Todo es político recordaba Jacques le Bon haciendo un símil del Conejo Malo con Chaplin. El valor de los aportes de la migración a la humanidad. El poderoso desfile de todas las banderas de América. El contagioso mensaje final de Benito y no Mussolini de que América, el continente somos todos. En silencio, justo cuando reanudaba el juego. Los sesudos y certeros comentarios del hijo mayor de 16 años de Jacques le Bon sobre lo acontecido, eran un hálito de profundidad con esperanza, que contrastaba el concepto de mundo light. A los hombres que como Jacques le Bon pasaban ya de los cincuenta. Esta guerra ideológica digital global, acariciaba la posibilidad de nuevos mundos después del actual escenario líquido de la post verdad.