Suspiraba una tríada de mundos desde los sueños. Tres autovías de pensamientos cerebrales inundaban el hipotálamo de Jacques le Bon. Era la madrugada del miércoles 8 de abril. llovía sin parar junto a la furia de truenos y relámpagos. En estado de transición entre el sueño y la vigilia, asociaba las centellas con la guerra. Con el inicio de las acciones de aquél genocida Truthsocial del fin de toda una civilización. Imposible, meditaba Jacques le Bon en sano juicio de bostezos, pueda yo escuchar los bombardeos en Medio Oriente desde mi cama en el Caribe. Como una licuadora de ideas, cambiaba de streaming y se sumergía desde el sueño en la novela estaba casi concluyendo: La sombra del Viento de Carlos Ruíz Zafón. Novela de mucha fama que le había prestado su amigo Enrique de Castro.
El suspenso de la novela que mezcla lo real con la fantasía, el misterio con el amor. Realismo mágico e intriga, en una Barcelona misteriosa y gótica. Jacques le Bon era escritor como Julián Carax. A veces soñaba con vivir en París como Julián sin los bares de intelectuales. Jacques reía y asociaba desde los sueños con Carax tocando el piano en aquél burdel parisino para ganarse la vida, y Le Bon en sus inicios comerciales con el vocinglero lívido esparcido del bar de mala muerte El Peje que Fuma Bajo el Agua en Villacon. La locura de la guerra, tan lejos pero tan cerca ante las consecuencias económicas. Los versos de Ruiz Zafón en su natal Barcelona desde la era de la revolución industrial hasta los años posteriores a la guerra civil. El comercio y sus afanes en un Santo Domingo inundado y paralizado ante las embestidas del cambio climático. Una tríada de mundos en los sueños brincaban sobre la almohada de Jacques le Bon.
Desde la sombra del viento respiraba ante la impotencia de la realidad global. El inspector Fumero podría ser Zanahorio con bigotico hitleriano. Daniel Sampere no le era ajeno a Jacques le Bon. Buscaba todas las respuestas desde la profundidad misteriosa del mundo literario de Julián Carax. El amor, tan corto y tan largo el olvido como sentenció Neruda. La supuesta tregua gracias al éxito diplomático del Primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif, quien logró frenar el ataque total del Trompo Gotti tramposo apenas diez minutos antes del vencimiento del monólogo de Ultimátum. Para después la mentira como razón de estado y los ataques del genocida Bibi al Líbano.
Entre la verdad y la mentira, las calles de la ciudad condal de Ruiz Zafón se entremezclaban en los pensamientos de Jacques le Bon. Las terribles inundaciones, el cierre de clases y las consecuencias para la economía del nuevo poder de tormentas tropicales. Que se suman ahora como fenómeno que nos paraliza varios días al año, con trágicas consecuencias. Desde la pandemia nada es igual, susurraba Jacques le Bon. La posibilidad del Armagedon. Nada ni nadie contradice al emperador egocéntrico-narcisista con el botón nuclear en mano. El impeachment necesario no se vislumbra. Tregua y desprecio compiten con la grandiosidad de la ignorancia histórica diplomática.
Penélope Aldaya en La Sombra del Viento era un hilo. Una conexión con los versos épicos de la Odisea de Homero. Laín Courbet como fuego que destruye y pretende borrar la historia. Jacques le Bon se sentía Daniel Sampere, también Moliner en matices. Ese hombre que busca el sentido de pertenencia, el sentido de la vida. La guerra, el amor, el comercio se entremezclaban con la literatura y la siempre anhelada paz. La paz que como acción humana, era la responsable del mayor progreso y bienestar para la humanidad. Jacques no podía dejar de ver desde La Sombra del Viento a Fermín Romero como su Mr. Hide. La esperanza. Siempre la esperanza de poder renacer. Adaptarse desde la serena aceptación, al actual estado de conciencia de la humanidad y sus líderes.
Despierto ya y con su jacket de lluvia puesto, surcaba rumbo a los elevados de la Kennedy al volante. El agua con sus charcos y los cielos ennegrecidos eran los protagonistas. Ocuparse desde el aquí y ahora era su rol rumbo a sus afanes comerciales y colocarse al pie de su cañón. Manejaba y recordaba el aroma del homérico amor de Julián Carax y Penélope Aldaya, mientras Jacques le Bon escuchaba en Spotify Si no es por Amor de Fausto Rey. Salud, familia, amor con propósito de vida se mezclaban junto al privilegio por la intrascendencia de vivir en está media isla del Caribe. La vuelta de tiempos recios como manecillas del reloj volcaban la mirada hacia la necesaria sabiduría. Saber vivir los tiempos. Con literatura, música y gastronomía fluía al ritmo mágico de la realidad.