De la complejidad del funcionamiento cerebral brotaban sentimientos y emociones. Química y electricidad en el constructo del mundo que procesa. Percepción que resplandece y emerge como comandos idílicos de vida. Esponja sensorial como jardín de laberintos con fluidos y pulsiones. Laboratorio consciente e inconsciente de insospechada levedad con ínfulas de universalidad.
Mando o no mando. Ser o no ser. Jacques le Bon procesaba su última visita de chequeo médico. Orondo, presentó los resultados de los laboratorios a la secretaria del doctor para scannear y colocar en su récord. Los resultados de las analíticas bordeaban la perfección. En el mundo actual de Jacques le Bon era un estímulo. Una especie de juguete de buena noticia de los tiempos. Una calma con un sentir de tranquilidad reconfortante. Tras el proceso de seguro y demás, la diligente secretaria le invitó a sentarse a esperar su encuentro con el prestigioso cardiólogo.
Sentado en la sala de espera Jacques le Bon sopesaba el futuro diálogo con el doctor. Que si independientemente los buenos resultados y como se sentía, aún debía bajar algunas libras mascullaba. Jacques le Bon tenía un intercambio de preguntas y respuestas en el consultorio. Hace años ya conocía a su doctor y, sabe de lo drástico en sus requerimientos de disciplina y autocontrol para con sus pacientes. Sonreía Jacques le Bon desde su imaginario y veía al doctor dándose una jartura en Don Pepe a todo dar, para luego pontificar sobre el valor de la mesura a sus sugestionados pacientes.
La consulta fue agradable. La paciencia y el derroche de calma del doctor con sus explicaciones fue como un buen baile de 15 años para Jacques le Bon. Como el mundo de hoy es "medicina preventiva". Junto a todo normal y las buenas noticias Jacques le Bon salió con una retajila de indicaciones de estudios para llevar al doctor en su próxima visita. Eco, prueba de esfuerzo, doplers etc etc etc. Estudios que se había realizado en el 2023 y ya le tocaba para próximo chequeo. Ah la vida sopesaba Jacques le Bon. Luz y oscuridad. Dulce y amargo. Salud y enfermedad. Nacer y morir.
Hace años Jacques le Bon hacía rutina de ejercicios. Más o menos se alimentaba en los cánones de lo saludable; por supuesto no todos los días. El aprieta y afloja era herramienta en el arte de vivir del alumno espiritual. El todo en orden de la ciencia, frotaba aires de libertad con aroma a complacencia y gratificación por el alma de Jacques le Bon. Directo, con las notas musicales de Tifanny Poon al piano interpretando Kinderszenen de Schumann, rumbo al supermercado tras salir del edificio médico. Ya en el súper carrito en mano, Jacques le Bon se paró en la nevera de los quesos. Como un águila feroz divisó un queso redondo de cáscara roja.
Si bien tenían Cabrales, Manchego, Gruyère, Fontina, Enmental, Brie, Camenbert y tantos otros que adoraba como consumado amante de los quesos. Jacques le Bon obsesiva y compulsivamente se lanzó a tomar una bola de queso Geo. Un queso que más que el sabor, era una bola de memorias y recuerdos de su niñez. Con ternura lo colocó inmediatamente en el carrito. Como flashes Jacques le Bon recordaba los sandwiches mañaneros le preparaba su querido padre con aquél crocante pan de agua de los tiempos.
Como mandato de los dioses. En un frenesí de libertad Jacques le Bon buscó el mejor pan de agua posible de los tiempos. Como necesidad. Con sentimientos que recreaban el pasado desde el paladar como máquina del tiempo. Jacques le Bon cortaba lonjas de queso Geo y les quitaba la cáscara roja. Cortaba crujientes panes de agua por la mitad, los untaba con generosa mantequilla danesa y colocaba dos gruesas lonjas de queso Geo en cada pan. En apenas dos días. Sin poder parar desde una emotiva compulsión. Jacques le Bon devoró toda la bola de Queso Geo. Se alimentaba de sus recuerdos en un festín de gratificación, y posible emotivos excesos.