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GRANADA INMORTAL

Era 2 de enero. 534 años de la celebración de la toma de Granada. Y del aniversario de la mayor empresa histórica de Occidente, con la llegada de Castilla y Aragón a América. Hispania era España ya en marcha junto al aroma de Pelayo, divisada por la jefa de Estado Isabel la Católica. La unificación del reino, la cultura y compactación del cristianismo como razón de estado, daba sus primeros pasos para la conformación de la cosmovisión de lo occidental. El gran Almirante de la mar oceánica agitaba con vítores el banderazo con su llegada a la era Moderna, y el consecuente génesis de la globalización. La toma de Constantinopla por los turcos, y el control de Venecia del mar Rojo, perdió todo su valor estratégico ante la vastedad de recursos ilimitados del nuevo mundo. Boabdil lloraba como mujer la perdida de su reino nazarí, para dar paso a la España infinita por toda la península. Al unísono el canto inmortal a la patria de Isabel.

Extasiado Jacques le Bon disfrutaba su entrada a Granada, junto a la majestad del pasado viernes 2 de enero del 2026. La ciudad festejaba. Tapón y una nube humana de algarabías matizaban la dificultad para penetrar en el casco viejo. Granada celebraba la reconquista. La riqueza de la llegada de lo español, junto a casi 800 años de los grandes aportes del Al-Ándalus a la península ibérica. Camino al hotel, Jacques le Bon fruncía sus labios y pensamientos con el recuerdo de los sucesos. Reconciliación, las memorias del rey Juan Carlos I que recién había concluido de leer, se le entremezclaba con el poderoso valor histórico de Granada. Si bien el triste final del Borbón, con la primacía de su glande alegre y amoríos al becerro de oro, empañaban sus indudables aportes como estadista. A la grandeza e unificación de España, en continuidad como jefe del Estado de la obra de Isabel la Católica, y el caudillo del Ferrol también con sus sombras y profusas oscuridades. Jacques le Bon no dudaba en saborear el balance. La empresa humana ajena a lo perfectible. Será la historia pues junto al tiempo, mascullaba Jacques le Bon quien arrojará el balance de su hoja de servicios al reino. El mestizaje, el idioma y la fusión cósmica de lo español junto al aroma de la Gramática de Nebrija, eran un sentir triunfal para Jacques junto a las empedradas calles de Granada. La mancha humana no le era ajena, aún el sentir perfectible de las masas humanas.

Granada era un lujo. Un conjunto arquitectónico compacto y de vastas riquezas históricas de la humanidad. La alegría. El cántico hermoso de su voz. Lo andaluz como mítico elemento de la diversidad y riquezas de lo español. Flamenco y guitarras que acarician el alma. Su canto Jondo, como expresión pura y primitiva, caracterizada por su dolor, angustia y profunda emotividad. Sus tesoros en cada bocanada. Jacques le Bon, como sentenció Faulkner, conquistaba la ciudad y el paisaje con las suelas de sus zapatos. Con cada monumento como La Alhambra. Con la vastedad y la riqueza de ciudades dentro de la ciudad como El Albaicín.

Jacques le Bon vivía cada instante. Nadaba a sus anchas por toda la profundidad gastronómica de Granada. Ollas de San Antón. El Pionono de Santa Fe. Las suculentas Berenjenas con miel. Platos y platos de boquerones fritos. Sus extraordinarias patatas bravas, como producto de la cocina granadina en sus mezclas árabes y andaluzas. El jamón de Bellota, con su textura y sabor especial en el Sur. Jacques le Bon no podía parar. Jamón de Bellota por la mañana, por la tarde y por la noche era un mandato de los dioses. Un paraíso en comunión con el poder de aquél pan, y la colorida espiritualidad del salmorejo. Ante el dolor del fin de las soberanías. La perdida del poder blando imperial, con la renovación de la fuerza con su garrote era combustible para Jacques le Bon provocar evadir y soñar a través de los viajes. La posibilidad de la guerra del fin del mundo se entremezclaba con croquetas de rabo de toro, orejitas de cerdo fritas. Chipirones rebosados con el aroma bestial de toda la riqueza de Granada. Infinita la ciudad, como las 613 semillas de cada Granada sembrada en los huertos de La Alhambra simbolizando los 613 preceptos de la Torá, desde el poder de transformar esparcido en cada gajo de profusa historia y cítrico aroma a esperanza.

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