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AGUJERO NEGRO

La noticia del premio nobel de física a Roger Penrose le daba vueltas en la cabeza. El descubrimiento de que la formación de agujeros negros es sólida predicción de le teoría de la relatividad, era combustible para sus sueños de viajes atemporales. Este reconocimiento celebra uno de los objetos más exóticos del universo señaló el comité de científicos del Nobel. Los agujeros negros, que se han convertido en un elemento habitual de la ciencia ficción y los hechos científicos, y donde el tiempo parece haberse detenido puntualizó la academia Sueca. Prensa en mano Edgar Allan Poe de los Santos suspiraba con la noticia.

El domingo temprano inicio su acostumbrada caminata matutina hacia la ciudad de Ovando. Al llegar al Convento de los Dominicos miró el reloj y musitó: faltan veinte minutos para la misa. Caminaba en círculos por todo el atrio de la iglesia. Recordó la vieja universidad al ver el edificio colindante. Al levantar la cabeza divisó los campanarios. Las imaginó repicando y recordó las palabras de Fray Cipriano de Utrera quien criticaba: » la permisividad de algunos rectores de iglesias que consienten, por no decir fomentan, que cuatro monigotes que suelen avergonzarse cuando se les requiere, cada día se cojan a las cuerdas de las campanas y repiquen tan desaforada, destemplada y prolongadamente que apenas hay cristiano que no se encomiende a Dios cuando comienzan los repiques, cualquiera sea el día para tales tocadas. El campaneo era loco aún dentro de lo legal.» Sonrió con el recuerdo del Fray en aquella estampa de la vieja ciudad primada de América.

Al llegar la hora entró al Convento y se sentó al lado del púlpito finamente tallado con metáforas y alegorías bíblicas. Edgar Allan Poe de los Santos como hombre de ciencias le corroía la duda, era un agnóstico consumado. Por dos razones básicas iba  domingo tras domingo al templo. Primero le producía paz y serenidad su monumental estructura. Segundo todos sus estudios de años le llevaban a creer que justo en la columna desde el púlpito había una calavera secreta, esta conectaba con el universo creativo y conducía a un agujero negro atemporal y eterno. El único en toda la isla. Este domingo era el gran día se confortaba Edgar con su mirada perdida y las voces repetitivas del credo de fondo por parte del cura.

En un flash de locura con cordura divisó el escarabajo de oro. Sintió la isla de Sullivan en todo su esplendor. Una  fotografía del sirviente Júpiter acariciando el escarabajo navegaba por sus ojos. Eureka vociferó. En una transparencia imaginaria se paró del banquillo macizo de roble, saltó hacia Júpiter y le arrebato el escarabajo de oro. Voló con la mente y fue junto a la calavera. Entró el escarabajo de oro por el ojo izquierdo de la calavera, y encontró un esqueleto y un tesoro. Sintió la caricias atemporales del agujero negro, un manto de eternidad arropó todo su ser. Lucido desde la nada Edgar Allan Poe de los Santos había llegado a la tierra prometida. Un silencio sepulcral le acompañaba. Lúdicos deseos de conocimiento le arrebataban en una nota de pensamientos. Oscura y como cabina aerostática la eternidad. Tras el trance un Cuervo majestuoso salpicó la imagen con inusitada realidad:» Y el Cuervo, nunca revoloteando, todavía esta sentado, todavía esta sentado. En el pálido busto de Pallas justo encima de la puerta de mi habitación; y sus ojos tienen todo el aspecto de un demonio que está soñando, y la luz de la lámpara lo apaga, arroja su sombra al suelo; se levantará, !Nunca más!.»

En medio de la comunión un coro celestial entonaba el Panis Angelicus. Edgar Allan Poe de los Santos despertaba de sus sueños. La metáfora de un majestuoso cuervo le picaba los oídos y era una nube de terror. Que hace un físico en el trópico carajo se cuestionaba. La cara compasiva de Santo Domingo de Guzmán en los frescos del altar le perdonaba. Sigue la sombra poeta, síguela le susurraba desde un imaginario Fray Vicente Rubio. Aturdido sacó la cartera para dar la ofrenda. Tras finalizar la misa se fue al palacio de la esquizofrenia raudo y veloz. Con la vista del almirante de la mar oceánica, junto a un cortado aromático y el acompañe de un derretido de queso amarillo Patrón de Oro logró salir de aquél trance de delirios y locura. A su lado, la estampa de unos besuqueos apresurados de un italiano de Boca Chica con una morena de Villa Mella con olor a habitación del Conde le hicieron tocar tierra.

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