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MATA GRANDE

Húmeda la habitación por el cierre de las ventanas ante el rugir mudo del polvo del Sahara. El silencio apacible del barrio, el aroma esparcido de la colonia – Jean Marie Farina de Roger Gallet-  tras la ducha le provocaba paz y un canto sereno. Se fue a la cama y prosiguió la lectura de «El naufragio de las civilizaciones» de Amin Maaluf. La crónica de la debacle del Levante Mediterráneo, la búsqueda humana de la necesidad del salto al vacío le perturbaba. Antes de dormir pensó en el domingo. La final de los faraones, la rifa de la vaca nacional que para tantos es modus vivendi. Escalera de la pirámide social y amor eterno a la hamaca. Vivir desde la hamaca en nuestra montonera eterna y tropical.

Suspiraba en el recuerdo. Roncaba con días de libertad sin máscara anti peste. Haló la sabana y frotó los pies en el cubrecama. La caravana de Alfredo zigzagueante por las escarpadas montañas de Quisqueya recreaba el sueño y todo el hipotálamo. Junto a su hijo mayor – su esposa e hijo menor recién nacido quedaron en casa- y el campamento soñaba con aquella hermosa acampada en Mata Grande. El aroma a Casabe al pasar por San José de las Matas, la belleza de los paisajes, la sabiduría de sus gentes -que el que menos da puede ser obispo como reza la sabiduría popular- se sentía en su clima, el verdor y los cielos azules repletos de versos silentes.

Al llegar la formación del campamento. La felicidad en el rostro de su hijo en cada paso, en cada ayuda para montar la tienda de campaña y colocar cada ajuar, cada detalle de una experiencia inolvidable. El aroma a puerco era alegría. La crocancia de los cueritos del chicharrón éxtasis de gloria terrenal. De frente como una pared natural para el campamento el parque J.Armando Bermúdez repleto de follaje, señorial, metáforas de guardianes espirituales como los techos de Gaudí en la Pedrera.

Alfredo, el mágico y talentoso Alfredo con su don de gente para los niños llamaba con su pito potente. La comida servida, el discurso de rigor y la hora esperada. La entrega del premio «El Gran Cocodrilo» al mejor acampante, el acampante mas afín al perfil de destrezas y humanidades del campamento. Ese año inolvidable, recordaba en suspiros y sueños lo ganó su hijo mayor. Que momento, que sorpresa. Día y noche bendecido con el reconocimiento, con el disfrute de responder con habilidad ante el deber como al ocio. La construcción de recuerdos, momentos que hasta en sueños eran dulces manantiales de felicidad. Al llegar la noche las exploraciones con focos. Los tipos de macos y reptiles, el bullicio pacífico de una noche en el bosque, el llamado a fantasmas y la eterna posibilidad de un padre para volver a ser niño como en Mateo 18:3. Al dormir las estrofas del Principito con olor a humo y firmamento flotaban por toda la tienda. Abrazados, llenos de amor y ternura soñaban que soñaban. Dormir en las faldas del más alto pico de las Antillas serenamente.

Al levantar, proseguía en el sueño, el rocío perfumado. El bullicio alegre de los demás acampantes con un sentimiento nómada de libertad. Recordó, balbuceando en la cama, cuando tomaron el pequeño bulto de cuidado personal y fueron al rio inmenso. Aquellas palabras -busquemos un clavo y bañemosnos en calzoncillos libres y en total fusión con la naturaleza- y así lo hicieron. Se cepillaron los dientes, se enjabonaron. Disfrutaron de las aguas chocando con las piedras, suspiraban el espíritu de los montes. Las palabras de Dios liquidas en cada manantial, en cada sorbo húmedo y transparente.

Los juegos de Fresbee en el campamento. Las bicicletas, los perros de Alfredo fuertes y amistosos eran un primor de sueño. Se volteó y dobló la almohada, el recuerdo de la hora de partir. Desmontar todo, colocarlo científicamente en el vehículo de vuelta y el descenso. El sabor a letras doradas de una experiencia única y eterna. De vuelta los recuerdos y la risa, el sentir de la satisfacción. Al bajar soñaba soñando con aquel banquete en el Típico Bonao. Filete empanizado con papas fritas, aguacate y un pozuelo de habichuelas rojas; y el quesillo con un cortado de punto final. Un sello gastronómico cibaeño que le hacia reír a pata suelta desde la cama y en brazos de Morfeo.

Al despertar un sentimiento de reseteo lo invadía. Las brumas y las pestes disipadas en un sueño reparador. Abrió su ventana y divisó la mata grande de Coco que adornaba su vista. Este año no habrá campamento mascullaba. Pero tendremos que hacer una acampada, planificaremos un escenario desde el arte de lo posible. Se puede desde los sueños construir realidad. Mata Grande en mi recuerdo, en cada palpitar de mi corazón forever.

 

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