In Reflexión

TIEMPOS MODERNOS

Cuando despertó, el virus todavía estaba allí. Su media isla y el mundo había cambiado. En un amanecer toda su rutina, su afanosa productividad y búsqueda del pan cada día no existía. Como la peste, la fiebre española de siglos pasados, el terror y el encierro se apoderaban como realidad y mandato para la especie.

Lo apetecible de la perdida de importancia del tiempo competia con la incertidumbre. La flexibilidad de los horarios, el calor amoroso del hogar, el ritmo apacible junto a la inversión de lo esencial y verdadero era un escaparate de universos y posibilidades. No había prisas, ni tapones. El silencio junto al cantar de los pájaros dominaba las calles y el escenario. Ocio impuesto por las circunstancias. El sabor profundo a fragilidad, a derrota, a pequeñez humana venia en forma de noticias desde la vieja Europa. Las escuelas virtuales, el Karate desde el Zoom de los pequeños esparcía un sentimiento de transito. De cambios de estadio, una nueva era para la especie. La noticia de las aguas azuladas de los canales de Venecia eran bálsamo para el alma, cánticos de esperanza. La pausa, la posibilidad de solidificar el microcosmo, cual metamorfosis de Gregorio Samsa, era una hermosa causa. El terror, la realidad de poder perecer nos colocaba en un pupitre de paciencia. A tomar con la unidad de la especie humana desde la  soledad las clases de amor al prójimo, de solidaridad, la necesaria búsqueda primero del bien común.

La primavera, hoy 21 de Marzo, se saboreaba junto al verdor y el frescor mañanero. Los naranjos y la Venus de Botticelli se proyectaban en mi imaginario como símbolo del triunfo de la vida sobre todos los obstáculos. El proceso del desarrollo de la pandemia producía escalofríos y una terrible incertidumbre. En pragmatismo culinario me dispuse, aquí y ahora, a disfrutar mi afición de los tiempos: crocantes Belgium wafles con abundantes fresas y moras bañadas en delicado maple canadiense.

El tema del Covid-19 monopolizaba la prensa. Trataba de mantener la calma e inicie mi matutina sesión de meditación, más holgada en tiempos de Coronavirus. De camino al parque, luego de cuatro aseos de mano, Lysol en el teléfono y los audífonos, salí junto a mi Poder Superior. El barrio solo y callado, dibujaba sus calles en blanco y negro. El ruido y la furia del capitalismo, la ansiedad de la sociedad abierta y la globalización era un retrato frisado. La agonía de la productividad desapareció de las calles y dio paso al espanto y el terror, a la calma y la contemplación.

El parque era un primor de primavera. Su olor a bosque, la alegría de sus árboles producía un sentimiento de abrazos por todo su follaje. Junto al ritmo de los pasos encendí un podcast noticioso del historiador Yuval Noah Harari: «La humanidad enfrenta una crisis global de grandes dimensiones. Las decisiones que se tomen moldearán nuestras vidas durante varios años y el riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trascienda la emergencia y habilite a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas. Critica a Trump, por tomar decisiones unilaterales, lo que dificulta una acción global no soló para combatir el virus sino también limitar el daño a la economía mundial. Para lograr la cooperación la gente necesita confiar en la ciencia, confiar en la autoridades públicas y en los medios. Ahora prosigue, esos políticos irresponsables podrían estar tentados de tomar el camino del autoritarismo, argumentando que no se puede confiar en que la gente haga lo correcto.»

La agudeza del historiador, autor de Sapiens, le producía impotencia, incapacidad de acción. La realidad de esta media isla junto al recuerdo de las palabras de García Godoy le martillaban en cada paso: » En cierto aspecto no somos un pueblo, un verdadero pueblo capaz de evolucionar consciente y progresivamente. En realidad no somos más que una masa sin precisos contornos hondamente trabajada por la acción disolvente de personalísmos aviesos, cada vez más fraccionada, sin rumbos fijos, sin ideales…….». Mentira vociferaba. Mentira García Godoy y López con tu alimentación y la raza.

El confinamiento impuesto le aguardaba tras la agradable caminata. La noticia de la bocina de los bomberos, para anunciar el toque de queda, le remontó a tiempos pretéritos. Le emocionaba, a pesar de los tiempos, volver a escuchar aquella bocina de su niñez. Recordar las 12 del mediodía hasta las 2 que todo paraba – Papá me contaba que hasta en la revolución hacia pausa el conflicto en ese horario- una agonía de calma como los relojes de arena, el zumbido del radio de la Peugeot de Papá sintonizando el dial de Radio Mil al salir del almacén. El bullicio de la Mella, radio Guarachita ubicando a los recién llegados a la ciudad. Suspiraba con el recuerdo de todo a las 12.

Divisó los cielos desde el balcón y conectó con el sincretismo y las creencias mágico religiosas de su pueblo. Virgencita de la Altagracia clamó, ruega por nosotros. Cuida y protege a tu pueblo. Si esto es guerra comercial de potencias con sabor a poder y nuevo tablero global. Si esto es escaladas del Big Brother para controlar la humanidad. Si esto es una pifia de laboratorio chino de poca monta, un negocio de pharma, o la peste cada cien años; cuida de nosotros. Tatica; cubre con tu manto de misericordia nuestro temor y fragilidad. Dadnos pues la salud, tu amor y bondad. Amén!

 

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