Ya decía Voltaire, en su cuento Así va el mundo, que la tierra es un vasto teatro de tragedias repetidas. Una y otra vez la realidad era permeada por nuestra inmutable naturaleza exacta. Jacques le Bon nunca había estado en Oriente Medio. Pero hace tiempo viajaba por las tierras de Las Mil y Una Noche desde el imaginario. Día por día era parte de su dieta la ingesta de un dátil. El mismo, en una operación quirúrgica gastronómica, los rellenaba de pistachos y almendras. A veces con nueces y pistachos. Siempre con la primera mordida como ritual cerraba sus ojos, y viajaba por aquellas tierras ignotas en fracción de segundos. Escuchaba cantos del ramadán con aroma a comercio, desiertos, matemáticos y beduinos. Veía los gemidos de camellos con sus alfombras y grandes torres de mezquitas. Saboreaba Jerusalén, como nave interplanetaria donde confluyen todas las religiones. Esos breves segundos de gloria de oriente, era un bálsamo espiritual para Jacques le Bon. Un resplandor mágico al volver abrir sus ojos, y divisar el mundo desde su hoyito en Villacon.
El amor y el interés fueron al campo. Jacques le Bon divisaba el teatro de tragedias repetidas desde el Orden Mundial. Desde las eternas fibras corrosivas que mueven los intereses creados. Jacques le Bon había vivido los tiempos de guerra fría. Nació en 1971. Pero no vivió su punto más álgido, como posibilidad bélica nuclear, en 1962 con la crisis de los misiles en Cuba. De alguna manera estos acontecimientos dieron paso a la sensatez con las conversaciones de Kruschev y Kennedy. Estableciendo una verdadera guerra fría ideológica. La guerra a partir de ahí se libró en los escenarios del espionaje, la información, la política y la economía. Desde el sentimiento y la percepción, quizás por ese sentir de eternidad de juventud, Jacques le Bon nunca pensó en el fin del mundo. El cine con sus producciones como Star Wars. El triunfo siempre del bien (Occidente) sobre el mal revelaba el final. Margaret Thatcher y Ronald Reagan inspiraban confianza y liderazgo. Wojtyla era un clarividente que salia de las entrañas del monstruo, para revelar la verdad y conducirnos al paraíso. La caída del muro de Berlín fue la entronización de la hegemonía total. El derrumbe del socialismo se pensó como el fin de la historia, el final de los conflictos globales. Una sola verdad y una sola visión se confundía con las nubes y los cielos.
Tras la pandemia nada era igual. Jacques le Bon solo pensaba en caos y anarquía por el mundo. Sin reglas ni respeto a la posibilidad de convivir. Las hegemonías derribaban lo establecido. Buscaban configurar nuevas fronteras y límites desde la fuerza. El emergente muy fortalecido, daba riendas a su venganza del siglo de humillación. Un garrote del trucutú Trompo Gotti tramposo se sentía en todos los puntos del globo terráqueo. La bravuconería imperial era símbolo de miedo, de terror ha ser desplazado por la potencia emergente. En todo y todas las cosas se sentía la lucha geopolítica. Nuestro Caribe poco podía hacer ante la embestida. Si bien Jacques le Bon no aprobaba la actitud imperial. Tampoco estaba de acuerdo con los regímenes de Venezuela y Cuba. En Venezuela solo parece un cambio de jefe hasta ahora. El imperio recientemente, como salteadores de camino, trasladó 100 millones de dólares en lingotes de oro venezolano. La otra cara de la moneda era un absurdo también vociferaba Jacques le Bon. Ver al unicornio cantante Silvio, desde su privilegio y vida de magnate en la isla fascinante, empuñar un fusil para defender la revolución daba risas o grima. Con su pobre pueblo hambriento y harapiento, tras décadas de opresión castrista.
El emperador posponía su viaje a China en medio de la guerra en Medio Oriente. En tiempos donde el diálogo entre las potencias hegemónicas es tan necesario mascullaba Jacques le Bon. Medio Oriente ardía en llamas, como la puerta del gran Auguste Rodin hacia el infierno de una tercera guerra mundial. Las palabras del general persa: "Irán terminará la guerra cuando decida hacerlo y cuando se cumplan sus propias condiciones. Teherán continuará sus golpes contundentes en todo Oriente Medio". Resonaban en el oído y medio de Jacques le Bon. La corruptela descarada y el botín de guerra de la actual élite imperial, como combustible de su insaciable voracidad de "negocios" personales, competía con la posibilidad de la guerra del fin del mundo. Jacques le Bon balbuceaba junto a Mafalda así va el mundo. En una de las mayores injusticias eternas unos pocos deciden por tantos. Jacques le Bon, como alumno espiritual ante el posible final, soñaba como los hombres de Persépolis con la posibilidad de una gloriosa vida eterna.