La diplomacia es una ciencia, también es arte. Dirigir la política exterior de una nación tiene requisitos mínimos. Exige al liderazgo una cabeza bien amueblada, poseer capacidades suficientes de inteligencia emocional. Tener madurez y sano juicio. Destrezas en los grandes rasgos de personalidad, y principios espirituales enraizados para evaluar con criterio oportuno los planteamientos de los asesores y experimentados. Ese estado profundo que conoce como se vate el cobre. Asesores que dan la información al jefe de Estado, y este desde la última palabra trazar el camino. Determinar la estrategia para su nación, o el rumbo del mundo en el caso de potencias hegemónicas. Sano juicio pues, esa agudeza y necesaria salud mental que ha caracterizado a los grandes estadistas de todos los tiempos. Sabiduría para ver más allá de la curvita, y auscultar el futuro con el favor de los dioses.
Pretender hoy un mundo unipolar es locura. Desechar el derecho internacional. Explosionar las instituciones del orden mundial de la post-guerra sin sustitutos. Volver a la ley tribal de la selva impuesta como imperiosa e enfermiza necesidad de las aspiraciones de un gigante herido y decadente, es poca salud mental también. Poner los intereses particulares, cual emprendedor desarrollador de proyectos, por encima de los intereses del Estado es un flaco servicio a la otrora gran nación del norte. Un triste ejercicio del poder que desmerita y deshonra a la gran nación de la mayor democracia posible de todos los tiempos.
Cual pequeño emperador con ínfulas de Hitlersito. Rodeado de enfermos mentales al estilo de un Goebbels o Göring. La nave imperial turuleca da tumbos. Hoy sol, mañana noche. Sin poder blando ya. Sin credibilidad alguna. Carente de palabra empeñada. El norte hoy son los mequetrefes de ayer, que donde dicen digo dicen Diego. La fuerza bruta, los puñetazos de una lucha libre de un macho de barrio newyorquino dominan los impulsos cerebrales de la primera cabeza de la gran nación. Nada es seguro. Todo es según los humores, malquerencias y designios del narcisista Trompo gotti tramposo. En comunidad con el genocida Bibi. Los relatos de abusos sexuales del ex-agente del Mossad que callan y extorsionan a grandes poderosos de la humanidad trazan la política exterior. El lobby sionista tiene secuestrado los resortes del poder imperial. Los delirios del gran Israel, del Tigris al Eufrates, desdibujan el mapa de Medio Oriente para ser tierra fértil para el Armagedon de una tercera guerra mundial.
Hoy Ormuz son aguas de un nuevo Orden Mundial. Hoy la Irán anacrónica de los Ayatolahs es una cuarta potencia. Un mundo cuatripolar: Estados Unidos, China, Rusia y Irán. Increíble como esta mala vibra de Washington y sus secuaces ha logrado derribar la unidad de Occidente. Un nuevo y oscuro orden emerge tras el 28 de febrero. Medio Oriente y el mundo nunca será lo mismo con la posibilidad de fronteras barridas o desdibujadas. Los delirios de décadas del genocida Bibi y su socio manejable el Trompo Gotti tramposo, ponen en juego hasta la misma existencia del estado de Israel. Hoy los buenos y razonables son los viejos autócratas del eje del mal: China, Rusia y Irán. En contra de los juicios de los verdaderos expertos militares. Lo particular por encima de lo general. La sospechosa motivación de un puñado de psicópatas desalmados impera como juicio final. Con el recuerdo de Metternich, Talleyrand y Kissinger saboreamos como pasado los grandes aportes dados por la paz al mundo. Ormuz es un estrecho que nos atraganta. Un paso marítimo donde se juega el futuro de la humanidad.