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VILLAGE VANGUARD

Nueva York era una ciudad mundo. Un prototipo de microcosmo cosmopolita cultural. Siempre había una excusa para volver. Adentrarse una y otra vez por sus calles y arquitectura sin igual. El ruido y la furia presente en su prisa eterna, era metáfora del planeta dando vueltas. El arte, la cultura y la gastronomía era excelsa. Amplia y variada hasta el simbolismo de la cúspide de sus grandes edificios. Volver era siempre novedad. A pesar de los tiempos, del sentimiento decadente esparcidos por todo el pavimento. Muy a pesar del sabor alicaído a hierro oxidado imperial. Nueva York poseía aún el poder de ciudad financiera imperial. La lluvia de sus cielos, eran gotas de cada una de las culturas de la geografía global. Por años, siempre que Jacques le Bon volvía a Nueva York llegaba con un plan. Tickets de eventos. Altares culinarios que visitar. Zonas y atmósferas que llegar.

Camino al hotel Jacques le Bon y familia se apearon del tren en Colombus Circle. El gran Almirante señalaba el enorme centro comercial de frente con aires de eternidad. Debajo en sus bancos, tres sospechosos habituales se fumaban un enorme tabaco de yerba y cherchaban soledad. Jacques le Bon iría al hotel a dejar unos paquetes, y tomar un taxi rumbo al Greenwich Village. Un famoso barrio residencial de ambiente bohemio e histórico situado en la zona oeste del Bajo Manhattan. El Greenwich es el epicentro de calles arboladas del movimiento rebelde de la década de los sesenta. Ahora un centro de cafés, bares y restaurantes populares. Sus calles son angostas e irregulares. Con edificios bajos de ladrillo y casas tradicionales estilo brownstone que le dan un aire europeo. Cuna del movimiento folk de los años cincuenta, fue refugio histórico de artistas, músicos y escritores de la generación Beat.

Tickets en el celular. Jacques le Bon en compañía de su amada esposa llegaron a su cita en el Village Vanguard. El célebre club de jazz de Nueva York fundado en 1935 por Max Gordon. Listos en la puerta, Jacques le Bon y señora descendieron las vertiginosas escaleras hasta las entrañas del club. Hermoso, con aroma legendario. Jacques le Bon tomó asiento en una mesa al final. Un sentir de acústica perfecta. Una camaradería de jazzsomanos globales se respiraba por todo el Club. Los posters de leyendas. Instrumentos colgados. El sabor a jazz en cada detalle, cada rincón del lugar. El Village Vanguard era emblemático. Un santuario de la música de los músicos. Embelesado, Jacques le Bon disfrutaba su primera visita al icónico lugar. Soñaba junto a su amada esposa, recordando las legendarias grabaciones hechas en aquél lugar en tantas décadas. Bill Evans y su Sunday At The Village Vanguard. Las inolvidables grabaciones allí de Sonny Rollins. Del inmenso Jhon Coltrane y Dexter Gordon. Wynton Marasalis y Christian Mc Bride, y el inolvidable One Night Only de Barbra Streisand.

Jacques le Bon viajaba por la historia del jazz mientras disfrutaba su jugo de arándanos. Flotaba junto a las nubes de su amado mundo musical. Camaradería, sonido impecable. El público aguardaba a Bill Frissell Four. Bill junto a Greg Tardy, Gerald Clayton y Johnathan Blake. Sin más, tras unas breves palabras introductorias Bill Frissell Four inicio el banquete. Las notas musicales de libertad con talento se esparcían por todo el templo. Guitarra, piano, saxo y batería era un derroche. Una delicia sonora para el oído y medio de Jacques le Bon. El jazz perforaba los sentidos. Aquilataba el presente como regalos de melodías aterciopeladas. Talento y buena onda. Unas gradas que evocaban y provocaban metáforas delirantes de majestad. Bill Frissel Four fue un derroche. Una razón inequívoca de siempre volver a la gran ciudad.

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