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ANADEL

la Gastrosofía es la ciencia de los apetitos y de los placeres de la mesa. Anadel, novela-ensayo del escritor Dr. Julio Vega Batlle bien pudiese ser una cronología histórica de la evolución de la gastronomía en las grandes civilizaciones del mundo. Un recuento de las fusiones, las conquistas políticas que también son gastronómicas como símbolo del hedonismo sibarita personificados desde el poder. Pero Anadel es mucho más. Vega cual Tolstoi tropical recrea el hombre sin camisa, para desde la península de Samaná personificar en Trigarthon Rymer «el solitario del mar» al hombre feliz que no tenia camisa. El Dr. Vega Batlle con la agudeza de un Freud desde escenas de cocotales, ensenadas, la crocancia de cangrejos y el furor de huracanes desnuda el alma de personajes que como los de Shakespeare son universales y atemporales. Cautiva desde una prosa culta a un lector ávido y receptivo para sentir desde sus páginas sabores y suspirar aromas.

El profesor Charles Croiset sibarita de altos vuelos, intelectual de renombre mundial anhela cambios hastiado del primer mundo. Cansado del peso de los rigores de la civilización, los cánones y los rituales del establishment aristocrático de la vieja Europa. Junto a su séquito -muchas veces bufones otras amigos- como fauna de las viejas cortes de poderosos, toman la península de Samaná junto al símbolo de su yate repleto de las excentricidades marítimas para la época, los más afamados productos gastronómicos propio del culto y la pleitesía a la buena mesa.

Desde los Griegos, los Persas a los Egipcios. La grandeza de Alejandro Magno y sus aportes a la buena mesa con sus conquistas. Roma helenizada y la era gloriosa de los Césares. El banquete de Platón, hasta los versos de Homero repletos de sabor a Faisán, Cordero y suculentas salsas. La Biblia y el rey Salomón. Las doce tribus y los dátiles Árabes. El éxodo y el maná de hielo con sabor a mieles. Mendoza, Richeliu y los Médici con la bendición apostólica a la buena mesa. La edad media con sus conventos y solitarias chimeneas llenas del glamour de la alta cocina y la cultura gastronómica. El renacimiento irradiando luz y glamour a la buena mesa. Las fusiones de las casas reales europeas cruzando sus cocinas y sabores hasta las grandes guerras. El derroche del nuevo mundo con la papa, el cacao y el maíz. La fascinación del profesor Croiset como buen Francés, y su círculo por la alta cocina francesa. Su desdén por la simplicidad de la cocina montañés europea. Los exiliados de su edén sibarita como los visigodos, los bárbaros y la Bretaña. El París de los grandes altares y restaurantes como laboratorios gastronómicos. Hasta la receta de cangrejo guisados con leche de coco hechos por Trigarthon con la ayuda de Josefina, esposa del Dr. Vergara.

Anadel es pues también un choque de civilizaciones. Un encuentro entre conquistadores y conquistados. Los ritmos de mundos paralelos. Lo sofisticado del refinamiento aristocrático europeo en contrapunto a la simplicidad manifiesta de la naturaleza en su estado esencial. La oscuridad de las almas bajo el rigor y la presión de los vestigios de civilización. La pureza del estado natural sin malicia, desde el instante mismo. La lasciva Rosina con sus conflictos y carencias propias de la grandes ciudades. Trigarthon Rymer, el solitario del mar, el nieto del pastor y cocolo. El de la choza y su día a día sin dolor ni remordimientos. El que todo lo tiene porque nada espera. Civilización o barbarie. El profesor junto a la francesita Chanac hecha por si misma y aplatanada, que buscan llenar los vacíos existenciales de las exigencias inagotables del primer mundo desde la pubertad de paisajes vírgenes. El peso del que todo lo tiene y nada le llena. El Dr. Vergara el nacional culto. Refinado y de altos vuelos propio de sus experiencias diplomáticas por el mundo, y quizás sus experiencias culinarias en Montreal. Sus archivos de recetas junto a su insaciable búsqueda del clímax hedonista que aturde para aminorar las miserias del trópico y 30 años de la dictadura de Chapita. Desde el mismo trayecto del sol y vacíos isleños deleitó a sus invitados con el mangú, habló del Sancocho, ofreció cátedras de nuestras viandas y frutos del mar como los camarones de Sánchez y nuestras langostas. Humedeció aquellos paladares europeos con el poder y la majestad de nuestras frutas tropicales y el exquisito palmito de palma real. Sus dolores por la patria, con aroma a impotencia y succionando por el sistema, ante los hechos del golpe de estado propio del subdesarrollo y la ambivalencia de un buen escritor y mal político gobernando. Desde el paralelismo de su prestigioso cliente y su séquito importantes invitados de su oficina de abogados quienes estaban enclavados en la vieja casona de los Moya restaurada para la ocasión cual palacio tropical en Anadel.

La bahía afrodisíaca y siempre deseada. Samaná apacible con sus playas, arena fuerte y sus majestuosos cocotales. El mar vigoroso, las montañas, las lluvias y el rugir de los vientos huracanados. Anadel es grata y sabrosa. La novela de la Gastrosofía es una metáfora sublime que canta a los apetitos y la buena mesa desde los trópicos encantados. Un hermoso drama humano lleno de realidad y la belleza de la diversidad junto a la esperanza. Gracias a nuestra amiga Paula Vega, Chef y sibarita consumada, por prestarnos este gran libro. Gracias a su abuelo Julio Vega Batlle – in memoriam- pues esta entrega literaria es un deleite, un gozo espiritual lleno de sabor.

 

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