In Reflexión

EL OCASO DE LOS DUARTE

Era un miércoles de enero. Tras levantarse Jacques le Bon inicio su día con una prolongada ducha de generosos matices terapéuticos. Miércoles 26 de enero 2022 musitó. Natalicio del prócer repetía Jacques desde aquella atmósfera humedecida por místicos chorros de agua. Eran ya 209 nueve años del nacimiento del padre de la patria en aquél Santo Domingo. Tras la ducha frente al espejo empezó a afeitarse. Como flashes Jacques le Bon en cada descenso de la navaja recordaba el único gran día de gloria terrenal en la vida del prócer. Aquella imagen de Juan Pablo Duarte en el puerto de Santo Domingo tras su retorno del exilio después del 27 de Febrero. Traspasando las puertas de Diego perfumado con las espumas batidas del Ozama. La estampa de la hermosa rivera como escenario y arropado por los vítores de sus conciudadanos. Su sentir junto al palpitar de su agigantada alma desde las tenues caricias en cada pisada en el suelo de su anhelada patria.

Ya en la mesa Jacques le Bon desayunaba unas delicadas torrejas de la abuela en almíbar junto a los periódicos. Un inusitado vuelo y cantar de una manada de Cotorras colorearon los cielos del Serrallés. La prensa resaltaba la fecha del prócer. Un artículo en el periódico Hoy de Luis Martín Gómez llamó la atención a Jacques: Rey, el fotógrafo de Duarte. El excelente escrito narraba las pericias y sufrimientos de los últimos días de Juan Pablo Duarte y Díez. Inédito para Jacques le Bon el dato de que fue Rosa Duarte su hermana quien le motivo hacerse aquél último retrato en vida para la posteridad. Para el folio imperecedero de la historia. Ya Duarte enfermo y derrotado por la tristeza de la ingratitud humana. En una malaria atroz vendiendo velas para subsistir acude al llamado de su hermana y va donde el mejor fotógrafo de aquellos tiempos en Caracas Próspero Rey.

Jacques le Bon observaba aquella fotografía conocida desde su niñez de un Duarte desmejorado. Flaco y demacrado con el peso abismal de una tristeza espiritual. Contrastaba con el recuerdo de aquellas palabras del miembro y compañero de armas en la Trinitaria José María Serra de Castro quien lo describía: «Juan Pablo Duarte era un hombre de tez rosácea, labios finos, ojos azules y cabellos rubios que contrastaba con su negro y espeso bigote.» Jacques Le Bon recordó a Juan José Duarte padre del prócer. Aquél español de Vejer de la Frontera Cádiz. El rico comerciante de artículos marítimos y ferreteros de la Atarazana. Pensó en sus incalculables esfuerzos y jornadas de trabajo para prosperar sus negocios. Su tenacidad para acrecentar el valor de la colonia. Su desvelo para procurar el bien de su familia perfumando a sus vástagos con los principios y valores que engrandecen la especie. Sus frutos y la entrega de todos sus hijos son la muestra razonaba Jacques le Bon del nivel de valores de aquella familia.

Juan Pablo Duarte aun siendo exiliado supervisó y financió en gran medida la guerra de Independencia llevada a cabo por sus compañeros de lucha susurraba Jacques. Esto derivó en la ruina económica de él y toda su familia. Los intereses creados y sus luchas. Los afrancesados por un lado anhelando el protectorado Francés. Los conservadores locos por reincorporar el territorio a España. Duarte y sus filorios liberales con ideas de república independiente. Dios, patria y libertad resonaban como ecos en la conciencia de Jacques Le Bon. Los esfuerzos de Juan José Duarte al enviar a su hijo a Europa. La transformación del prócer con las ideas de Jean Jacques Rousseau. Las influencias del romanticismo, el modernismo, la masonería y el teatro para las acciones revolucionarias de la Dramática, La Filantrópica y la Trinitaria contra el yugo de las hordas invasivas haitianas. Para combatir los anhelos haitianos de borrar nuestra cultura y la ya efervecente alma nacional. 

El ocaso de los Duarte competía con el mito inextinguible del héroe en la mente de Jacques le Bon. La madera de los sueños y el arrojo con determinación de Duarte perfumaba todo el aliento de Jacques. El final con desdicha. El enorme sacrificio y el dolor de la ingratitud vivida competía con la morada del patricio en cielos dorados vedados para los escasos y verdaderos héroes como el prócer de la república. Como flashes de la actualidad Jacques le Bon pasaba páginas a la prensa. La Fitur como evento de moda, concurrido por casi medio gobierno y la sociedad (dominicanos take Madrid desde el pulso de influencers o nombradía en las redes) lleno de lucida pompa la cual contrastaba con el ticket en clase económica del jefe de estado de los tiempos. El héroe pelotero de célebres parrandas. De andanzas con tiroteos y hembras sin braga, ahora merecido miembro como deportista de Cooperstown. Estos contrastes hacian pensar a Jacques Le Bon en la sociedad líquida de Zigmunt Bauman.

Hay escenarios inalcanzables y poco comprendidos para la mayoría de los mortales sin la posibilidad ni la madera de ser verdaderos héroes razonaba Jacques le Bon. Ahí la realidad de los pocos reales héroes que, como el agua y el aceite, se separan del montón en la historia de la humanidad. Era un 26 de enero y el día colmado de un matiz normal e intrascendente. Duarte forever ripostó Jacques Le Bon al salir de su casa rumbo a sus afanes comerciales.

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