In Cultura

EL MUNDO DEL HIELO

Serían finales de los años ochenta cuando su enllave Humphrey Bogaert lo llevó a conocer el mundo del hielo. La familia de Humphrey poseían la legendaria fábrica de hielo Alba fundada por su abuelo Papaeco. Tiempo después el viejo distribuidor de bloques de hielo Alba en Villacon Chichibolón decidió vender su punto. Es ahí donde de forma inesperada Jacques Le Bon pasó a ser distribuidor de hielo para todo el mercado de Villa Consuelo al comprar el punto a Chichibolón en sociedad con su amigo Humphrey Bogaert. Ya hace varios años Jacques ejercía el oficio de comerciante ferretero en el sector de Villacon. Por lo que con varios años ya en el sector conocía la zona y muchos de los potenciales clientes como carnicerías, fríos fríos y pescaderias.

Mas allá de la entrañable amistad, movían a Jacques y Humphrey  intereses pecuniarios en la sociedad. Jacques Le Bon a pesar de su juventud, tendría unos 18 años, requería de mayores ingresos. Don Bon su padre era jefe y maestro. Independientemente Jacques Le Bon se fajaba y desempeñaba funciones de importancia en la empresa. El viejo lo llevaba a soga corta. Siempre la mayoría de sus beneficios eran en bonificaciones. Y debían quedar en libros. Cada desembolso tenia que aprobarlos previamente Don Bon. Firmados por él con instrucciones a contabilidad. Lo que hacia que Jacques Le Bon viera números en papeles siempre y un efectivo limitado conforme a la voluntad de Don Bon. Muchos años después entendería a su entrañable padre y maestro en su misión educativa. Pero el momento y la necesidad imponen. Jacques Le Bon y Humphrey Bogaert necesitaban más plata. Para ya una rumba, gozo y parafernalia establecida que reclamaba a voces más energía monetaria.

De inicio el negocio estaba amarrado. Humphrey despachaba desde hielo Alba y Jacques recibía en el puesto en Villacon. Muchas veces habría de llegar a las 6:30am a recibir el camión de bloques de hielo e iniciar el despacho a los clientes para luego irse a sus lides comerciales ferreteras. Al inicio sonaba fácil. Tantos bloques de hielo con tanto de margen debería de dar una suma. Y fue a los inicios. El negocio era bueno y chan con chan en efectivo. Con el tiempo, que siempre es maestro, surgieron los moquillos como diría el sabio de Lilís Hereaux. Tiempo después Chichibolón no se retiro nada y devino en competencia con otro punto cerca junto a otra fábrica de hielo. El punto tenia varios triciclos para transportar el hielo, estos se dañaban con todo tipo de cosas misteriosas e inesperadas. Boca de Hierro, asistente de Jacques le Bon en el punto, empezó a reclamar las mermas del hielo ante el inclemente sol tropical. Cada análisis de las mermas de Boca de Hierro, desde aquel escenario de punzones y lenguamimes,  eran matizadas por un aroma proverbial a romo de caña. Todo a pesar de que Jacques Le Bon era despierto y había hecho amistad con Agustín el Culú, chofer de hielo Alba, y esto permitía a Jacques hacer ejercicios de informaciones cruzadas. El negocio de los bloques de hielo era de 6:30am a 1:00pm. Ya a esa hora todo estaba definido. Por varios años fue con todo y moquillo un negocio generoso. Cuanto aprendió Jacques de ese entramado de tigres sobrevivientes del mercado de Villacon.

Jacques Le Bon recordaba la crisis de generación eléctrica de aquellos años. El despacho de hielo escaseaba y había de ir a la fabrica a josear los despachos de bloques de hielo a su punto. Ese hielo pario varios viajes de Jacques y Humphrey al exterior. Francachelas inolvidables en montañas y Playas repletas de deleite con gozo y rumba. Crédito abierto a borbotones como manantiales escoseses en Ortolio de Gascue junto a la nevera de hielo frente a la puerta del bar. Se derrochó bastante quizás mascullaba Jacques Le Bon. Pero se gozó más. Como máquina del tiempo Jacques le Bon recordaba al emblemático Higuerita, otro chofer de la fábrica, con aquella sabiduría de calle y su eterno jumo pasmao. A Mujica alias Budú, el cid campeador que cargaba y sacaba los bloques hielos como un robot de acero. Budú con su bata tipo médico pero azul, sus botas Goliat aromatizadas de zicote y aquella sonrisa repleta de locura a lo Chochueca. Como flashes de memoria sonaba en una imaginaria vellonera «Me olvide de vivir» de Julio Iglesias (cantautor del parnaso de Humphrey en aquellos tiempos) junto a la estampa de Humphrey Bogaert acompañado de Pílin, aquél tigre mecánico de los camiones de hielo Alba y de los vehículos de Don Eddy, tirándose una fría en un colmado al lado de la fábrica en Villa Juana. Ahh la vida musitaba Jacques le Bon. Recordar es vivir dos veces.

Share Tweet Pin It +1
Previous PostEL OCASO DE LOS DUARTE
Next PostG2: RUSIA & CHINA CON AMOR