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FICCIONES

Era octubre, Ginebra en otoño. Pierre Menard, autor del Quijote tomaba sorbos de un aromático café alrededor de aquella fuente. La calma ginebrina, la suma de Suizos que decidieron romper con las diferencias germanas, italianas y francesas. Cantones con mayores niveles de civilización desde el poder de la unidad humana, mucho más fuerte que enfocarse en sus diferencias. Era el siglo XXI y el Quijote se exportaba hasta los confines caribeños. Menard saboreaba la calma de una ciudad apacible y confortablemente organizada. Repetía en sus pensamientos aquellas primicias para su Quijote: conocer bien el español, recuperar la fe católica,  guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes.

Ser en el siglo XXI un novelista popular del siglo XVII le parecía una disminución. Menard mutaba desde la duda en climas tropicales con aroma a coco y espacios corrugados de palmas desde el bullicio de una bachata. Mi empresa no es difícil -mascullaba- me bastaría ser inmortal para llevarlo a cabo. 

Atreverse este otro Ponty pensaba. Tomar el más grande título de las letras del inmenso manco de Lepanto para dar nombradía a su ópera prima producía infausto a Menard. En un laberinto de contradicciones recordó que todos los trovadores u aspirantes a contar estrellas y sentir la existencia desde las letras no han hecho otra cosa que reescribir los poemas Homéricos. El mismo como lector produjo su Quijote con lanzas y su proverbial escudero para inmortalizar, desde su epitafio poético, que todos somos Quijotes desde el momento que hacemos conciencia de ello, lo irracional de lo real.

Ficciones del gozo de atreverse. En un diálogo con Ponty este le responde a Menard: Borges aspiraba a una civilización sin gobiernos, quizás apenas municipal como apuntaba Coleridge. Desde su café allá en Ginebra frente aquella fuente le observo y no puedo dejar de saborear el proyecto suizo civilizador. Ficciones que me adentran al deleite y comprensión del gran Borges para con Suiza.

Ponty como Borges asintió que su también república de Barataria necesitaría unos 300 años más para aspirar a una real democracia. Y unos 500 más -con la celebración de los casi mil de Ovando el desarrollador de la ciudad primada- para no necesitar gobiernos; si el clima lo permite. Los gobiernos, esa aparente lastimosa necesidad  humana para poder convivir o dominar, que como dioses romanos son deidades que perturban la existencia desde su imperfección. Ficciones de mundos irreales. Para colmo con cinco prólogos más que dos este irreverente Jacques tropical. Menard, Ponty junto al maestro Borges proseguían sus imaginarias conversaciones llenas de ficciones. Nunca se vieron ni se tocaron. Pero en realidad tan cerca junto a 2020 años y 11 días de cristianismo. Ponty imberbe desde atreverse sintió el madero de la mesa de sus sueños.

 

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