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HAMLET

Viajar o no viajar es la cuestión. Jacques Le Bon suspiraba junto a las pelusas deshilachadas de su mascarilla que le producían infaustos sentimientos. Harto de la pandemia, cansado de los múltiples protocolos, el cierre del ocio y las bellas artes. Intoxicado de las noticias por todo el mundo con el mono tema de los tiempos, las imágenes dantescas de la India le producían terror, dolor y anhelos de sueños. Viajar para encerrarse y vivir toda aquella paranoia de aeropuertos, logísticas hoteleras o seguir en está vaguedad terminal de un día tras otro con el eterno aroma a trópico y los sobresaltos de la montonera del patio con sabor a eternidad.

Jacques Le Bon procuraba sueños, viajes placenteros de colores con sabor a civilización. Ya en la cama recordó las palabras de Rosencratz al príncipe Hamlet: «porque nada hay bueno ni malo, sino en fuerza de nuestra fantasía.» Ya Morfeo, cual deidad danesa, dominaba toda la habitación. Viajes imaginarios poblaban todo el hipotálamo de Jacques Le Bon. Tras aterrizar en Heathrow tomó un taxi al hotel Hazlitt’s en el Soho de la ciudad de Londres. Al llegar al Hazlitt’s sonrió junto a la hermosa arquitectura del edificio de estilo Georgiano. Al pasar a la habitación le esperaba un té con leche y finas galletitas de jengibre. Espectacular bienvenida llena del espíritu del British Empire.

Al otro día, tras un sueño placentero del sueño original, salió a desayunar. El piso de comida Harrod’s era su objetivo antes de su cita con el teatro. Suspiraba desde una londinense barra en el emblemático centro comercial esperando su sándwich de Roast beef repleto de pickles encurtidos y generosas untadas de buena mostaza. Caminar pues tras el suculento desayuno era necesidad soñada para Jacques. Camino al teatro Globe disfrutaba de la ciudad con su donaire y vestigios de civilización. Al divisar el Támesis tomó el puente Millenium rumbo al teatro. Sentado ya en su puesto observaba los techos, toda la historia del teatro Isabelino pobló sus recuerdos. En la escenografía el castillo real de Elsinor de Dinamarca, desde donde los guardias presencian el fantasma del difunto Rey Hamlet para dar inicio a la legendaria obra de teatro a cinco actos Hamlet de William Shakespeare.

La aparición fantasmagórica de un muerto. Ideas relativistas, existencialistas y escépticas poblaron el escenario. La venganza, la hipocresía, la muerte, la razón y la locura. Ser o no ser, esa es la cuestión. El amor, el deber, el llamado real era una borrasca junto a Ofelia, oh Ofelia.

Pávido desde el sueño Jacques Le Bon disfrutaba las tablas con sopor a eternidad. En la escena primera del tercer acto el príncipe Hamlet interpretado por un Laurence Olivier de sueños inicia su monólogo:

Ser o no ser, esa es la cuestión! – ¿Que debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?

Morir, dormir, no despertar más nunca,
poder decir todo acabó; en un sueño
sepultar para siempre los dolores
del corazón los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiaría
terminar así! Morir… quedar dormidos…

¡Dormir… tal vez soñar! – ¡Ay! allí hay algo
que detiene al mejor. Cuando del mundo
no percibimos ni un rumor, ¡qué sueños
vendrán en ese sueño de la muerte!

Eso es, eso es lo que hace al infortunio
planta de larga vida. ¿Quién querría
sufrir del tiempo el implacable azote,
del fuerte la injusticia, del soberbio
el áspero desdén, las amarguras
del amor despreciado, las demoras
de la ley, del empleado la insolencia,
la hostilidad que los mezquinos juran
al mérito pacífico, pudiendo
de tanto mal librarse él mismo, alzando
una punta de acero? ¿Quién querría
seguir cargando en la cansada vida
su fardo abrumador?… Pero hay espanto
allá, al otro lado de la tumba.

La muerte, aquel país que todavía
está por descubrirse,
país de cuya lóbrega frontera
ningún viajero regresó, perturba
la voluntad, y a todos nos decide
a soportar los males que sabemos
más bien que a ir a buscar lo que ignoramos.

Así, ¡oh, conciencia!, de todos nosotros
haces unos cobardes, y la ardiente
resolución original decae
al pálido mirar del pensamiento.
Así también enérgicas empresas,
de trascendencia inmensa, a esa mirada,
torcieron rumbo, y sin acción murieron.

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