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GANGES

Era temprano. El martillar de un pájaro carpintero despertó a Jacques Le Bon. Sediento, aún desde la madera de los sueños el monólogo de Hamlet en sueños anteriores le producía sesudas borrascas de fragilidad con tenues carencias desde la duda. Sin pararse de la cama encendió la música desde su celular. Con un leve ánimo pero acostado le concedió poder al surround. El estro musical de Itzhak Perlman – interpretando el concierto para violín de Brahms- aromatizaba toda la habitación desde el envolvente poder del sonido. Jacques reía de si mismo. Tras una reciente sordera súbita de su oído izquierdo en tiempos de pandemia, ya lograba reconducir las cargas y climatizar su sentido a sus circunstancias.

Viajar desde el sueño era necesidad ya que no era Covidiota. Las noticias de la India. Los dantescos escenarios  de cadáveres humanos amontonados como piras por el coronavirus le chocaban. El espeluznante poder del virus microscópico asustaba y procuraba sueños de terror. Como un flash sonoro El Ganges brotaba con humedad por toda su conciencia. Tras volver a dormir Jacques como Yogui imaginario meditaba y procuraba espiritualidad para orar por aquél milenario conglomerado humano.

En tiempos memoriales las aguas del Ganges cruzaban el cielo mientras las tierras desérticas de India perecían de sed. Jacques Le Bon desde el sueño recordó al Rey Bhagiratha. Este rey elevó plegarias a los dioses para que el cielo regara con sus aguas las tierras sedientas; los dioses le atendieron y enviaron las aguas a la tierra. Cayeron con tal violencia que amenazaron con segar la vida de todos los hombres. Entonces ocurrió el milagro. Shiva, compadecido de la humanidad atribulada hizo que las aguas cayeran sobre su cabeza y resbalaran por sus cabellos mil años antes de que el río Ganges naciera en el Himalaya manso y moderado.

El Ganges y sus afluentes drena una cuenca de 907,000 metros cuadrados. Es el más importante de los siete ríos sagrados del hinduismo. Millares de fieles se bañan para purificarse. Los Indios van al río a morir en tropel. Morir en el Ganges y especialmente en Bénares la ribera izquierda, hace posible finalizar el ciclo de reencarnaciones y alcanzar el Moksha.

Tras virar a la izquierda Jacques Le Bon prosiguió su sueño con leves ronquidos. Recordó una de sus reencarnaciones hace 800 años. Desde un prado de belleza etérea pensó en Shashank Mittal su versión India. Junto a él elevó plegarias por la India y toda la humanidad en estos atribulados tiempos. El paisaje, las mansas aguas y el aroma de velones multicolores que flotaban le provocaban sentimientos de pertenencia.

Callado despertó. Jacques Le Bon deseaba viajar y desde los sueños invocaba viajes de manera inconsciente. La sensación era idéntica a viajar, lo cual le certificaba el poder de la mente como deidad del deseo. Junto a las últimas reminiscencias del sueño fluía de manera vívida junto a los movimientos apacibles del Ganges y su soñado viaje por la India. Tras por fin levantarse abrió las ventanales y se le explayó íntimamente el horizonte del Serrallés. Desde los cielos la voz de Borges susurraba de forma enfática: Heráclito; todos somos ese río que invocaste.

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