In Reflexión

LA MONTAÑA MAGÍCA

Pelayo Vigil Campoamor buscaba su luz. Aquél dichoso camino interior iluminado, señalado hace siglos desde aquella higuera por el inmenso Gautama. La decadencia de sus tiempos, el superficial modo de vida de la burguesía le producía una bruma, un hediondo olor a vacío de grandes proporciones. Su visión de tantos mundos paralelos, su aquilatada vivencia de perderse para encontrarse lo empujaba; como brisas en el bosque a conocer y vivir más sobre los propósitos divinos del dolor y el estéril sufrimiento. Como Hans Castorp, monto en un imaginario tren de Sánchez, rumbo a la montaña de Barataria, a la afamada clínica de salud mental de los Doctores Zaglul y Moscoso Puello. En procura de servir; perderse para encontrarse, de combatir el adn de sus miedos y egocentrismos, como condición para llegar al chip de su alma, viajó en aquél tren Pelayo. Años después de estar asqueado y repleto de hedionda bruma, de renunciar al ministerio de Relaciones Exteriores, y a todo aquel sistema que le asfixiaba, Pelayo, decidió cambiar su rumbo. Desde su ventana en el tren, con aquella fotografía repleta de sueños y ganas de vivir, se salia del cajón, abandonaba su zona de confort, y en su inmensa soledad, de la mano de un poder superior amoroso y bondadoso, ascendía por nuevos caminos, iniciaba nuevos proyectos y nuevos rumbos. Al llegar, el Dr. Moscoso le dio la bienvenida. Luego de agradecerle su interés por servir de manera gratuita en el sanatorio como aprendiz de terapeuta, lo llevo a sus habitaciones. Una extraña Hamaca, finamente tejida con mantras espirituales, seria su cama el primer mes. El tiempo, la enfermedad, la muerte, la vida, la contradicción humana y la estética tomaron un gran protagonismo en sus pensamientos, en el sentir de sus paseos por el pabellón de pacientes. Los paradigmas cambiaban, un nuevo mundo, con nuevas reglas; se filtraba por su conciencia como una bruma dorada y poderosa. La enajenación, el poder de la mente y la fragilidad humana lo llevaron a sentir fibras y vivir el revoloteo de células hasta ahora desconocidas para Pelayo Vigil Campoamor. Imágenes de tantos mundos posibles, de la infinita posibilidad de la especie de vivir con mucha más armonía y paz; era combustible que le empujaba a servir. El franco olvido del amor(debería ser materia de primaria), en tiempos de progreso material, y la búsqueda insaciable del ego humano, hasta consumar la auto-destrucción lo motivaba; le llevaba a ser respuesta y salida al cambio de la humanidad. Las palabras de Thomas Mann le sacudían:" Procura recordar que la tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal". Pelayo reía. La alegría del alma lo abrumaba; el mundo de las paradojas se le revelaba en el esplendor de la sencillez; y su disposición a combatir toda su ignorancia en los vericuetos del alma. Como el Santo Grial todo era simple. Dando recibía; las parábolas de Jesús el Nazareno, maestro espiritual por antonomasia, cobraban sentido. Un inusitado sentimiento de  alegría de vivir le movía. El reino de este mundo le acariciaba sus mejillas con aquellos rayos de luz y eternidad. Volver a ser niño; para encontrar la fuente suspiraba Pelayo.

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