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LOS HERMANOS KARAMAZOV

Era una navidad bipolar. De sabor tenue y agridulce. Los estragos de la pandemia, las amenazas de la guerra en Europa con su estela de inflación e incertidumbre laceraban los ánimos. Pesaban aún las expectativas del porvenir, que traerá el 2023 se preguntaba. Ajeno al bullicio. Ausente del supuesto gozo carnal del consumismo de los tiempos, Anselmo Paulino Roncones ejercía la autonomía de sus mundos. A sus anchas saboreaba el inusual fresquito navideño, sumergido en viajes literarios por el mundo de los clásicos. Fiodor Dostoiévski era un grande. Un autor de esos donde sus obras y sus personajes son universales. Sus temas desde su profundidad son como los dioses, con características de atemporales y permanentes.

Los hermanos Karamazov es un paradigma de novela filosófica y psicológica. Sus debates éticos sobre Dios. El libre albedrío y la moralidad hacían de sus diálogos carne inmortal para el alma. Sus personajes llenos de poder, imbuidos de la universalidad de una especie. Anselmo Paulino Roncones había sido tocado a profundidad por este drama espiritual relacionado con la fe, la duda, el juicio y la razón. Recordaba como Fiódorov: "Abogaba por un cristianismo en el que la redención del ser humano pudiera ocurrir en la tierra cuando los hijos redimieran con sus acciones los pecados de sus padres, de este modo se lograría la unión de la razón humana en una familia universal".

Pensativo Anselmo Paulino Roncones realizaba un símil de la obra con los tiempos. Las luchas morales. El recuerdo de hermanos o pueblos o sociedades que teniéndolo todo. En el clímax de disfrutar del confort del esfuerzo mancomunado pelean hasta destrozarse. Ponen en juego el todo en pugnas de egos. Luchas intestinas llenas de carencias. Muchos celos y recelos. Necesidad obsesiva de control. De sobresalir. De mandar y decidir ebrios de poder. Abusar para imponerse. Vejar y desconsiderar. Llegando al límite de quebrar valores. Ser deshonestos. Mezquinos. Romper la armonía víctimas de un ego aupado, susurrado con malicia y enfermizo de poder, control y dominio. Borrachos del momento y la grandiosidad. Actuando hasta como nuevos ricos en una carrera delirante de consumismo y lujo desenfrenado. El tanto tienes, tanto vales. Hasta con la bendición sospechosa de pastora o cura de turno. O desde un agnosticismo de los tiempos de pompa con grandeza y autosuficiencia. Teatro pensaba Anselmo Papulino Roncones. La farsa que se instala en las alturas de la ciudad amurallada, y provoca la solidez con decadencia a esta sociedad líquida. Víctimas del inmediatismo. Eligiendo mal con acompañantes que motivan la vida light. Exacerban las carencias como fuego que evoca la destrucción. Consolidando las cadenas de sus predecesoras generaciones dando cabida al eterno retorno. La tristeza de volver a repetir una vida estéril y vacía. Así va el mundo. Así va la familia, la propiedad privada y el estado mascullaba Anselmo Paulino Roncones. De cualquier microcosmos humano que pensaba brotan, de alguna u otra manera, los diálogos con sus personajes de los hermanos Karamazov.

Taciturno Anselmo Paulino Roncones observaba el horizonte. Desayunaba con gozo en aquella fresca mañana. Cada bocado de aquellas torrejas de Pandoro bañadas en Maple era un gozo. Un coito gastronómico. Como mandato. Todos los cielos del Serrallés lucían decorados con letras doradas:  Quien se miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni en él, ni alrededor de él". Fiodor Dostoiévsky. Por la libertad, la integridad y la diversidad se debe hasta pelear. El libre albedrío es razón y propósito. La salvación, cualquiera que sea su estadio, es única e indivisible. Solo hacia dentro riman los violines del gozo eterno.

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