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NARCISO CRESPO RUBINSTEIN

El trópico era escenario del eterno retorno para la mitología Griega. Narciso Crespo Rubinstein arropado por su engreimiento, agonizaba en una contemplación absorta. Cúal castigo de los dioses, se enamoraba enfermizamente de su propia imagen reflejada en su estanque de sueños. Incapaz de separarse de si mismo, salir de su ser poseído por su egocentrismo. Desde una valoración excesiva de su propio ser, sintiéndose el centro de todas las preocupaciones y atenciones del universo. La diosa Némesis se manifestaba y recreaba sus poderes en Crespo Rubinstein pujando su salto a las aguas, y plantar su espíritu desde un hermoso Narciso en estos trópicos encantados.

Hasta el éxito era materia de estudio como necesidad para Narciso Crespo Rubinstein. Su pasado, el recuerdo con sabor a tierra de su derrota le señalaba el peligro de esa concentración en si mismo. Las consecuencias de ese amor propio exacerbado, que podría bordar lo patológico si no procuraba la interrupción amorosa de las directrices del Arquitecto Supremo del Universo. Volver a conectar con las sabias normas y reglas universales de los principios espirituales. Para regir su vida y dar orden al caos con sus consecuentes desequilibrios propios de sus desajustes con sabor a locura.

Las nocturnas de Chopin esparcidas por todo el jardín imaginario fue un llamado. Un despertar de la conciencia al camino original. La gloria terrenal pasajera, la consumación efímera del llamado éxito y su después se adecuaron en su justo lugar. Su accionar obsesivo-compulsivo, ante la consumación de viejos y caros anhelos soñados, fue voz de alerta para el nuevo despertar. Su necesidad imperiosa de regir su vida bajo principios espirituales se enseñoreaba como camino. Reiniciar la conexión con la sabiduría que emana de los dioses era mandato. Confirmado por la experiencia para poder proseguir desde la armonía, con la ejecución de los designios del gran titiritero. Aquél sueño de dios propio que volvía como espumas se desvanecía. Polvo y sombra con destellos de amor en la ejecución de su parte desde el accionar se le enseñoreaba. La locura cedía al firmamento desde la luz.

Narciso Crespo Rubinstein había develado su propia trampa. Esa que vuelve una y otra vez como ensayo-error a pesar de procurar su despertar hace años, y su sincero deseo día por día de transitar el camino original. Sin caer en las aguas de su estanque imaginario, sintió el sabor de la caída, la confirmación de los versos del Olimpo de que los cielos se ganan con cada amanecer . Divisó su pupitre de eterno alumno bajo una mata preñada de mangos. Como decálogo de enseñanzas caían de la frondosidad de la mata innumerables hojas al pupitre. La grandiosidad, la autosuficiencia se diluían como partículas autodestructivas.

La brújula original mutaba en un hermoso piano de cola. Las partituras de las nocturnas de Frédéric Chopin evocaban una hermosa bruma por todo el bosque. Humildad, receptividad, sinceridad, aceptación, paciencia, sacrificio, unidad, servicio con generosidad brotaban como gotas de los cielos para humedecer su confusión. Como lo soñó José Martí, conforme a las palabras del maestro Ordóñez, Narciso Crespo Rubinstein confirmaba que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

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