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TORRE DE BABEL

La ciudad con sus calles inundadas fruto de las lluvias. A pesar del calor con aguaceros Jacques Le Bon era un fervoroso hombre de costumbres. El menú del día era un Sancocho de chuletas, muslos de pollo, yuca, verduras y tiernos bollos de plátano. Pedazos de aguacate marinados en sal y oliva con generosas tostas de Casabe fue el acompañe de esta húmeda fiesta gastronómica tropical.

Satisfecho pero en trance por el calor Jacques Le Bon acariciaba sorbos de un café. Trozos de un chocolate Forteza negro al 70% -estos boricuas hacen buen chocolate sin politiquear masculló-  fue el final para el derrumbe de esta atmósfera e iniciar un viaje mitológico. Desde el sueño las letras doradas del libro del Génesis. Las palabras agudas de Moisés al narrar la historia de la torre de Babel le eran un fulguroso entendimiento. Dice Moisés: la humanidad quedó casi extinta después del diluvio universal. Los descendientes de Noé como únicos seres humanos del planeta se desplazaron hasta la llanura de Senar (Babilonia). Todos hablaban un solo idioma y decidieron construir una torre tan alta, que llegara al cielo. El Dios de Noé (Yahveh) al observar la edificación decide que los habitantes hablaran diferentes lenguas y así abandonaran la construcción y se esparcieran por toda la tierra.

Desde el sueño Jacques Le Bon recordó aquella opinión que dice que se construía la torre por si ocurría otro diluvio.  Para subir a la misma donde el agua no pudiera llegar. Roncaba Jacques desde el horizonte de su torre de Babel donde las lluvias no llegaban a las alturas. El clima político surgió en el entramado de los sueños. Voces y dialectos de diferentes lenguas dibujaban la separación de empresarios y políticos. Tantas obras, tantos proyectos desde la unidad y el contubernio del arca en común se desvanecían como polvo y cenizas. El barco de la peste púrpura hacia aguas. Los eternos, los innombrables que nombraban los tesoreros de campaña se esparcían en el firmamento con sabor a anonimato. Hasta donde podrá llegar este hombre con el apoyo imperial suspiraba con deseos Jacques Le Bon.

El reflujo del Sancocho provocaba corrientazos de realidad. Soñaba Jacques con justicia y el destierro de la corrupción y la impunidad del reino de este mundo. Al escuchar aquél grito de guerra de «mujer de clase» hediondo a instrumento de mafias recordó a la sublime Rosa Duarte y toda la tristeza de sus días finales. Para ser feliz es necesario creer en la felicidad. Será circo o llegó la hora se confortaba Jacques Le Bon.

Soldados y tropas necesarios caían. Tantos años de querer huir de esta maldita realidad y querer refugiarse en el mundo de la locura. Atosigado de los trópicos repitió con León Tolstói no hay nadie más fuerte que esos dos guerreros: la paciencia y el tiempo. Desde la paz con tanta guerra lo más difícil consiste en saber unir en uno mismo el significado de todo.

Despertó frente a un pelotón de fusilamiento. Bloques de hielos derretidos revelaban la eterna realidad. El robo y el tigueraje en el ADN se esparcían fusilados y cercenados por todos los adoquines de la ciudad de Ovando. No hay grandeza donde falta la honestidad, la sencillez, la bondad y la verdad.

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