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VIAJE AL PARAÍSO

Un fantasma de incertidumbre recorre el mundo. A las puertas de algo grande. Con el sentir de cambios insospechados para la humanidad Jacques le Bon sorteaba las policrisis globales. O eso creía. Alumno ya de años, buscaba la certidumbre en el mundo espiritual. Despierto, junto a las voces inmarcesibles de su Poder Superior, se ubicaba desde sus pies en su pequeño mosaico de la vida. Ciudadano de un pequeño país, de un pequeño planeta, de una determinada galaxia.

Cargado de la cotidianidad. Harto de la ADP y el fracaso del 4%. Cansado del chirrido ensordecedor conocido de la campaña que se avecina y el reparto oneroso a los "partidos" de fondos públicos. Apesadumbrado por el exabrupto de senectud de Biden, con tan solo 24 horas de la visita de Blinken a Pekín. Jacques le Bon junto al sabor de la real acusación, pero de poco tacto diplomático del momentun por parte de Biden de dictador a Xi, pensaba por sospechosos intrincados en los miembros dinásticos de la Ruta de la Seda en el comercio nacional. Viajar era mandato pues para Jacques. Hacer gala de sus herramientas espirituales necesidad. Surcar mares con aromas de nuevas playas y la luz de nuevas galaxias le eran mandato. Ya hace años que sus viajes no eran químicos. Décadas sin flagelarse con la búsqueda de mundos preñados de toxicidad. Era Jacques le Bon un buscador. Un impenitente surcador de la belleza. Un alumno de los latidos místicos de las galaxias cercanas al inagotable recurso interior. La ciudad de Dios inaccesible a los descreídos. No profanada por la bulla, ni por el sucio del ensordecedor deseo, ni siquiera por el delirio terrenal.

Dormía pero soñaba y, remaba. Una yola de fuerte contextura con gruesos remos, le acariciaban el presente soñado salpicado de salitre a Jacques le Bon. Solo, con la estampa junto al arcángel San Miguel y Tatica en la proa sentía la marea explayarse con ternura en su embarcación. Rema, rema tu barco repetía Jacques le Bon con una solemnidad serena. Pasado el umbral caribeño. Junto al infinito pensaba en poder poner en palabras aquella estampa con el junco de la Vallejo. Las espumas preñadas de salinidad le producían sed. Observaba el final del firmamento dispuesto, como el Almirante de la Mar Oceánica, presto ha lanzarse al precipicio con aroma a gloria y libertad.

Un gigantesco arco de piedra con el sello de Monet marcaba el rumbo. Las manos de los dioses le invitaban a proseguir su marcha a la Ciudad de Dios. Azules, verdes tonalidades acompañaban a Jacques le Bon en su entrada triunfal. Un enorme silencio, un sentir pleno rebobinada la memoria de Jacques le Bon al soñar despierto en su viaje al paraíso. Amplitud, polvo de estrellas se mezclaban con una precisa invitación a participar en el banquete. Dátiles repletos de nueces y pistachos. Platos y platos de lascas finamente cortadas de jamón de Guijuelo pata negra eran un deleite. Unas caricias preñadas de sabor, en contubernio de una rústica barra de pan portugués. En maridaje de un excelso oliva frotada de generosos tomates guayados. Engullía y soñaba Jacques le Bon. Con el sabor del paraíso acariciaba a los dioses sintiendo quietud con humildad.

La estación de frutas del banquete era sublime. Llena de colores y textura. El mango banilejo se lucía con su vistosa presencia y profundo aroma. Frío de los cielos. Jacques le Bon engullia con deleite tajadas y tajadas de mango banilejo en un cariñoso contubernio junto a crema de leche azucarada. Con cada bocado miraba los cielos y la presencia omnipotente de los dioses en la mesa. Lleno de preguntas, desde su pequeñez externaba a la divinidad sus interrogantes: ¿Será la guerra el desenlace final de la actual disputa por la hegemonía mundial?. ¿Será la inteligencia artificial el principio del fin para la humanidad, o otro eslabón de los cambios para el progreso indetenible?.  ¿La reciente invasión de hormigas en Texas son símbolo junto al inusitado calor del Apocalipsis hecho verbo?. ¿Será posible en el 2023 la nauseabunda validación política del nietísimo?.

Jacques le Bon recordó a Neale Donald Walsch en sus conversaciones con Dios. Presente desde el banquete soltó sus miedos y el control. Sabía que la vida era para vivirla, no para entenderla. Simple, con determinación acariciaba la mesa de macizo madero del banquete desde su frágil humanidad. Como el economista aquél, bien sabía que al final todos estarían muertos. Como símbolo teatral de esta rueda llena de bufones del tiempo y el terror. Aquí y ahora, susurraba Jacques le Bon desde la ignorancia requerida. Soñar que soñaba le era un aliciente. Una relativa respuesta a la búsqueda de la verdad inaccesible. La paz como reino le era posible desde el instante. La aceptación como motor. La buena voluntad que suplanta la terquedad como liberación. La Ciudad de Dios era posible. Era accesible como viaje presente a un paraíso decidido.

 

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