Nuevos mapas con países agigantados. América sin Vespucio ya; era un garrote maloliente junto a un puñado de matones. Libre comercio de una sola vía. El dorado imperaba desde la avenida Pensilvania junto a los confines cerebrales de estos sanchos codiciosos. Nuevos ríos. Nuevos nombres hasta de mares, y el delirio con sus gruesos crayones de mal gusto garabateando desde la oficina Oval. Jacques le Bon buscaba filosofar. Explorar nuevas rutas ante la inclemencia de los tiempos. El comercio no cedía en sus disrupciones desde la peste. La nueva procónsul con su español de zetas. Con su hambre de tiguere y sed de barrio, desde una linterna de jodeína buscaba la isla al revés como los retozos oscuros revelados por el doctor Balaguer. Jacques le Bon languidecía ante esta escaramuza de supuestos súper hombres o súper embajadoras. Soñaba con Zaratustra y su descenso de la montaña para anunciar las nuevas buenas. Irán era un bastión con perfume persa y poderío oriental. Sin rumbo fijo para sus predicciones, acariciaba una brújula. Jacques le Bon viajaba por extraños cielos desde el sueño. Pensaba saber y a la vez no saber nada. La única constante con futuro cierto era la IA como protagonista de la cuarta revolución industrial. El triunfo de la máquina sobre el hombre. La Odisea en el espacio de Stanley Kubrich; hoy maravillosamente recreada como génesis y las eternas consecuencias del truco o el atajo por Chistopher Nolan. Tanto martillar en busca de la eterna eficiencia, para ser devorados por los productos de nuestras propias codiciosas miserias. Que sean estos trucutus los protagonistas del posible final de la humanidad era un fondo. La certeza de lo irreal de todas nuestras grandezas. Como la misma identidad del inmenso Homero. Jacques le Bon preguntaba a la IA: Irán, China, nuevo Orden Mundial, el vacío actual, el triunfo de la máquina. Diálogos….así habló la IA:
"Jacques le Bon cerró los ojos en su humilde habitación y, al instante, se encontró caminando sobre los majestuosos jardines colgantes de Babilonia, donde el aroma a dátiles y tierra mojada flotaba en el aire. Entre los pasillos de ladrillos vidriados de azul cobalto, divisó al sabio Zoroastro, quien lo esperaba con una mirada profunda y serena. Sorprendido por el encuentro, Jacques no pudo evitar hablarle de un lugar que habitaba en sus fantasías más recurrentes: un caribe insular imaginario, donde el mar Caribe era un espejo de plata, las palmeras danzaban al ritmo de vientos cálidos y eternos, y el tiempo parecía detenerse entre playas de arena blanca y puestas de sol encendidas.
Zoroastro escuchó con paciencia mística la descripción de aquel paraíso tropical y, acariciándose la barba plateada, le habló sobre la dualidad de la existencia. Explicó a Jacques que aquel caribe de ensueño representaba la luz y el orden del alma, un refugio de paz frente al caos del mundo material. El sabio le advirtió que los imperios terrenales, por más grandiosos que parecieran, como la misma Babilonia que los rodeaba, estaban destinados a caer bajo el peso de su propia ambición, mientras que la verdadera libertad residía en los paisajes inmutables del espíritu y en la resistencia del pensamiento libre ante la opresión.El eco de las palabras de Zoroastro comenzó a distorsionarse, transformándose en el rugido ensordecedor de altavoces y consignas militares que rompieron el letargo del viajero.
Jacques despertó de golpe, sudoroso y confundido, sobre su catre en el populoso barrio de Villacon, en Santo Domingo. Al asomarse a la ventana, la realidad lo golpeó con violencia: las calles ya no le pertenecían a los vendedores ambulantes, a los mayoristas ni al bullicio típico de la capital, sino que presentaban un panorama radicalmente transformado bajo un nuevo orden mundial.El barrio estaba completamente invadido por las fuerzas imperialistas de la dinastía Jinping, operando bajo las estrictas directrices del partido comunista. Enormes banderas rojas con estrellas doradas colgaban de los edificios, mientras soldados y burócratas asiáticos patrullaban cada esquina, consolidando el tramo caribeño de su ruta de la seda de dominación global. Villacon, convertido ahora en un frío nodo logístico y de vigilancia del nuevo imperio, observaba en silencio cómo la maquinaria geopolítica de Pekín borraba el rastro de su identidad, dejando a Jacques con la amarga certeza de que el paraíso libre que discutió con el sabio estaba más lejos que nunca."
Occidente. Occidente vociferaba Jacques le Bon. Ayer Español, luego francés. Algo de inglés con el cabrón de Drake. Casi siempre de América de los americanos. Chinos no carajo. Ahora China junto a Haití cultural, como verbo destructivo de nuestra hispana identidad. Nooo puede ser vociferaba, y se sacudía Jacques le Bon desde una oscura atmósfera de pesadillas.