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EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS

Era martes trece. Jacques Le Bon suspiraba junto a la imagen de San Miguel Arcángel. El callejón de los milagros era un tránsito obligado dada la fecha. Toda la efervescencia comercial de Villacon brillaba en los comercios con mercaderías de santerías. El olor a agua de Florida, especies y pócimas mágico religiosas matizaban el clima junto a las alas y la feroz espada del arcángel. Imágenes de naipes españoles Heraclio Fournier de Vitoria daban colorido al folclore nacional.

Jacques Le Bon como sociólogo tropical disfrutaba la estampa. La algarabía en busca de la magia, el olor a ubres de los cueros de los tambores. La esperanza junto al combustible de la ignorancia desde el sincretismo popular era hermoso y desafiante. Como la escolástica medieval el fervor popular oscilaba entre las raíces cristianas y los dogmas mágicos tribales propio de las distintas culturas asentadas en el Caribe.

Jacques Le Bon recordó los versos Naguib Mahfuz. Este callejón, como el Callejón de los milagros de Mahfuz, era una sociedad cerrada. Frustrada y llena de deseos imposibles a través de una galería de personajes inolvidables. Estos personajes, como los egipcios del gran Naguib, no pueden ver más allá de sus propios problemas. No logran salir del eterno retorno que solo palmos y voces con aroma del más allá alivian la mezquindad de su presente.

Diálogos, pedimentos a los dioses y deidades resonaban como ecos por todo el callejón. Un empleo en el nuevo gobierno era popular. Un primo, hermano o conocido pegado en puesto de mando. Un pariente enganchao a guardia que subió en el escalafón. Todas soluciones mágicas para salir de la pobreza y las penurias eternas del día a día. El número en el palé, la caraquita o la loto de Miami. La atención del primer magistrado de la nación Abi-Pilatus para ser nombrado en alguna comisión, o patronato de los de turno o asesores de instituciones recaudadoras. Para vender hasta los fiaos o hablar de caballos y cricket. Rezos prolongados por la reelección del Cordero Libanés, en apenas ocho meses, para los que aún no pican pero ya llegaron y planean, se las ingenian, se la buscan. Por amores idos, por miedos y dudas. Por deudas contraídas para que desaparezcan. Lo místico, cual producto de primera necesidad, se esparcía por todo el callejón con poderosa popularidad con deseos variopintos y disímiles como la especie.

Jacques Le Bon sonreía. Disfrutaba la mezcla de muchos feligreses que unían a Tatica – simpatizaba con la Tatica del naranjo del Este- junto a todo este fervor popular. El callejón de los milagros hervía desde la necesidad que busca y anhela con esperanza. Curanderos, puestos de flores repletos de aroma y especies entronizaban mundos paralelos. El bien y el mal desde lo hereje y las creencias ancestrales daban continuidad a todos los relatos, hasta el de Makandal, que trocaron puerto en estas tierras de Quisqueya.

Jacques Le Bon se unió a las energías. Abrazó el callejón de forma espiritual y sentó en su hamaca. Martes 13 o martes 31. No hay nadie más feliz en el mundo que quien hace felices a los demás y comparte sus sufrimientos. Tal como sentenció Naguib Mahfuz el arte debe ser gusto, diversión y alucinación. Tras los rezos la calma y la bulla que provoca olvido. Un dembow del Alfa con bajo a Clerén se esparció por todo el callejón.

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