In Reflexión

EXPECTATIVA DEL DESEO

La cura del deseo, como propuesta terapéutica y espiritual suele ser respuesta asertiva para encontrar el camino de la serenidad, método espiritual milenario para sentir y vivir en toda nuestra esencia aquella etérea y deseada institución llamada felicidad.
El triunfo del liberalismo, la exponencial creación constante de riquezas de los últimos 70 años, la gigante revolución tecnológica en todos los campos del ser, la alta expectativa de vida, la paz global a pesar de los pesares, no ha sido suficiente y  ha planteado al hombre aquellas interrogantes milenarias y esenciales que por tantos años la búsqueda del poder, las insaciables expectativas del deseo y la acumulación habían puesto a un lado, en esta carrera infinita pro-capitalista de más y más. Los millennials y muchos otros en el árido desierto de sus necesidades cubiertas, en el tedio de tener tiempo para mirarse,  están atravesando el oscuro desencuentro de una vida estéril, vacía de sustancia, propósito divino, en búsqueda de sentirse bien y a gusto consigo mismo, y dar respuesta a aquella afirmación griega  en el templo de Apolo en Delfos: Hombre conocete a ti mismo.  Las consultas terapéuticas son un termómetro. El deseo desenfrenado, como dictador que controla y domina la existencia, la expectativa, como rectora y manipuladora de la mente, llevan al ser al callejón de la miseria, a sentir las manos y los baúles llenos, seguido de un sentimiento de prisa, de nunca llegar, una película paralela entre el sentir y las expectativas y lo que realmente acontece.  La espiritualidad, en cualquiera de sus manifestaciones, como herramienta de trascendencia, de paz, de armonía, camino que ubica y da respuestas a las grandes inquietudes y necesidades del lenguaje del alma, aquel que se siente y se vive, y va mas allá de todo entendimiento cuantificable. En el esplendor de la cuarta revolución industrial, en la cúspide de la grandeza y dominación de Homo Sapiens en todo el globo terráqueo, se cierne sobre nuestras conciencias, como espada de Damocles, todas estas carencias de índole esencial. En la ausencia de las expectativas y el deseo, el reino del eterno presente, fruta agradable, de textura fina y delicada y aquella atmósfera con olor a cielos y sabor a lluvia y nubes cristalizadas, a las puertas del Homo Deus para persistir o sucumbir. Tiempos de mirar hacia atrás, no para desandar nuestros pasos, pero si para poner la mirada en las montañas, en los Tíbet con sus eternos y siempre sabios silencios y murmullos desde la nada. Ya decía Lord Byron: somos polvo y sombra. Hay que procurar las estrellas.

 

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