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LIRA DOMINICANA

Era un sonido hueco, como despojos de cuernos humeando en un desierto. La lira dominicana era de hordas tenebrosas con la invasión de los bárbaros. Cientos de años después del 1844, y Jacques le Bon se sentía un eslabón. La continuidad de terror de una conciencia colectiva que se aferraba a su identidad. Merengue. Bachata, ni la urbanidad de los tiempos desterraba la nube negra del destino nacional. La verdadera gran marcha colectiva contra el ignominioso destino de la isla al revés. Como polos opuestos. Jacques le Bon soñaba con oscuras bizarras pesadillas de las asimetrías de los dos pueblos de La Española. Desde el miedo como diálogos infernales, la supraconciencia le revelaba versos dantescos: tanto construir, para perecer seducido por el caos del fuego y la destrucción.

La cercanía del lado oscuro era horrible. Un magneto entre cielos o infiernos. En medio de la penumbra de los sueños Jacques le Bon se levantó a orinar a eso de las 3:00am, luego bebió un buen sorbo de agua para volver a la cama. Morfeo lo secuestró de forma inmediata para proseguir con sus dominios. Sueños del caos en Francia. El fuego. El vil saqueo. El desorden ante la crisis financiera de un estado protector asistencialista en extremo. Las hordas de franceses indignados, viejos colonizados con vandalismo y sed de dominios asqueaban las calles frenéticos. Como los mismos corsarios que plantaron la semilla de magia negra en la Tortuga. Desde el miedo con opresión de profundas pesadillas Jacques le Bon ni roncaba ante el poder de la revelación en los sueños. El nuevo Orden Mundial era sinfónico. El foro mundial resplandecía desde Davos con aquellas palabras del Rey Carlos. Destrucción. Disrupción total para emerger lo nuevo, era un sonido profanador en medio de los sueños para Jacques le Bon.

Nadie vendrá. Nadie vendrá le vociferaba una voz. Jacques le Bon recordaba los miles y miles de millones de dólares se esfumaron en las mismas malditas élites haitianas cuando las ayudas por el terremoto. Inviable. Fallida toda posibilidad. Los mismos que crearon el monstruo de las pandillas, son los que desgobiernan. Nada sucederá. Nada cambiará le susurraba la mezquina voz a Jacques le Bon en medio de los sueños. La lira dominicana sonaba ronca y oscura ante el gran reto nacional. La lira de quisqueya como sonetos de la vieja Atenas del Caribe, se deshacía como versos batidos en las espumas del mar. El rechinar de la puerta derribada en el Olímpico era un grito. Un despojo de las fuerzas oscuras del mal. Imperialistas, en el corazón de casi cada descendiente de Louverture emergía un tirano oprimido y resentido.

Harto de oscuridad, Jacques le Bon se dio la vuelta buscando los cielos. Como un breve espacio sideral, la solución final le fue revelada como versos de ciencia cuántica de Julio Verne. La posibilidad de una isla soñaba Jacques le Bon. Una gran sierra confeccionada por la IA se le revelaba. Cercenar la isla era la solución. Un corte de poder, en contubernio con los recientes movimientos tectónicos daban posibilidad al desprendimiento. La parte occidental se hunde como necesidad, para realizar una limpieza oportuna. Solo sobreviven los dispuestos. Los despiertos que miran los cielos jartos de oscuridad. No queda un rico. Ni un maldito oligarca haitiano. La nueva media isla surge a kilómetros de distancia de La Española del Gran Almirante de la mar oceánica. Los dioses del Caribe la dotan de mucho oro y enormes yacimientos de tierras raras. Los ingleses toman posesión, y derraman la flema inglesa por todos sus nuevos dominios. Un fideicomiso a 700 años se instaura.

La parte Oriental vuelve a su comunión plena con Dios previa a las devastaciones, sin confusión ni malas energías ya. Enormes puertos florecen en la nueva frontera. Somos el punto de encuentro para Europa y Canadá. El Trompo Gotti "Melena Rubia" tramposo pierde las elecciones de medio tiempo. Netanyahu sale del escenario y el poder político, los judíos cansados ya de este Jázaro-hitlersito. Putin cede ante el reparto de Ucrania, y resurgen los amoríos de Rusia y Europa. Dominicana como un Taiwán se le revelaba a Jacques le Bon. La pax Domincana era frontera de múltiples imperios como los tiempos del mercantilismo. El Caribe era epicentro entre el Sur Global y Occidente. La multipolaridad asumida revelaba la fragmentación de la isla como símbolo del nuevo Orden Mundial. Los versos de La Lira de Quisqueya brotaban de los cielos de una nueva era de Dominicana helenizada. No era el clima como siempre pensé, mascullaba Jacques le Bon desde los sueños. Era aquél territorio pegado a nosotros como siameses. Como un mantra oscuro de vecindad maldita. Con fe, fortaleza y esperanza se levantó Jacques le Bon. Libertad y la siempre bendita posibilidad se le revelaba en este nuevo día. Los versos de Salomé Ureña de Henríquez eran bocanadas de aire fresco:

¿Por qué te asustas, ave sencilla?
¿Por qué tus ojos fijas en mí?
Yo no pretendo, pobre avecilla,
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura,
tranquila y sola te vi al pasar,
y traigo flores de la llanura
para que adornes tu libre hogar.

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