Anselmo Paulino Roncones disfrutaba junto a Claudia Pedralles, su fiel asistente y mejor amante, de un auto exilio en Montecristi. Su vieja tierra natal poseía poderes de espacio vital en los propósitos de crecimiento espiritual, ante la nueva hermosa posibilidad de la cuaresma. Pero, la capacidad de asombro persistía. Aún la enorme experiencia de vida. A pesar de la supuesta ilusión de la fuga geográfica, como antídoto para el acontecer. La estupidez humana se reciclaba y le enrostraba su poder. Mutaba hacia novedosos escenarios de los tiempos. A pesar del poder continental de las brisas del Atlántico para diluir, a distancia del Caribe, Anselmo no …









