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METAFÍSICA DEL DESPERTAR

Una sustancia infinita, eterna y autosuficiente. El todo, en todo y todas las cosas. Dormir, tal vez soñar. El colchón con sus bastidores se convertía en una nave transportadora mística, con atributos de flotar por todo el espacio sideral. Surcaba nubes, superficies rocosas y pantanos. Junglas exuberantes y tropicales. El sueño era un largometraje, previo al despertar. Tantos despertares, que acariciaba la posibilidad de siempre soñar. En un franco proceso de expansión de la conciencia. Jacques le Bon trascendía sus paradigmas y creencias limitantes. La válvula del inagotable recurso interior era despejada. Se acoplaba al Dios del todo y todas las cosas. Vivir era sentir, y poder acariciar los sueños como microcosmos dosificados de la futura vida eterna.

Tres almohadas como satélites o ángeles. La esponja cerebral exaltada junto a los bríos de la verdad, surcando todas sus cavidades. Jacques le Bon soñaba el universo desde esta pequeña isla, de este pequeño planeta de esta determinada galaxia. Horizontal, forrado de sábanas y edredones jugaba a la vida eterna desde un mar de palabras y ecos del más allá. Vidrios y miles de esferas de cristales matizaban el terreno infinito con sus aumentos, gruesas cavidades y diámetros longitudinales. Jacques le Bon frotaba, tocaba todas las posibilidades y aumentos posibles de los cristales. Pretendiendo ser un Baruch caribeño, se hacia orfebre desde la óptica para intentar descubrir el insondable universo. Sonaba el despertador. Palidecía Jacques le Bon en su intento de proseguir su rumbo por los mares procelosos de la eternidad.

En la metafísica del despertar. Jacques le Bon saboreaba las fases que surgían de creación consciente, la presencia yo soy, y la no dualidad junto a la unidad. Con sus ojos aún cerrados, desplegaba las cortinas del universo del creador desde las fases del proceso: el desacoplamiento, la sombra y la expansión. Asumía su estado interno. Sus deseos y sus emociones moldeaban activamente su experiencia del mundo. Afirmaciones poderosas eran cánticos. La introspección y la meditación debian ser permanentes y continuas como la respiración. La atención plena, el Mindfulness a la manera de Jacques le Bon, para anclar en el presente. Para percibir su vida desde un estado de mayor lucidez.

Incorporado al día, el vapor de oscuridades y hostilidades mundiales era un sopor de magnitud catastrófica. Nunca le fue más necesario volver a la escuela. Reencontrarse con su pupitre de alumno de la metafísica del despertar. La aceptación de los miles y miles de años de las bíblicas consecuencias de la manzana prohibida. Culpas son del universo, y no de Jacques le Bon autoproclamaba. Jadeaba de sed y hambre. Quería y deseaba hasta el infinito. Dudaba y sospechaba, y aún así saboreaba los cósmicos polvos de estrellas de la ciudad de Dios.

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