Era octubre, Ginebra en otoño. Pierre Menard, autor del Quijote tomaba sorbos de un aromático café alrededor de aquella fuente. La calma ginebrina, la suma de Suizos que decidieron romper con las diferencias germanas, italianas y francesas. Cantones con mayores niveles de civilización desde el poder de la unidad humana, mucho más fuerte que enfocarse en sus diferencias. Era el siglo XXI y el Quijote se exportaba hasta los confines caribeños. Menard saboreaba la calma de una ciudad apacible y confortablemente organizada. Repetía en sus pensamientos aquellas primicias para su Quijote: conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra …









