Cánticos de esperanza. La posibilidad de la resurrección de la humanidad como bálsamo ante la noticia del 4 de noviembre. La derrota de la confusión. La rotura del espejo de Narciso como el inicio del fin de su era política, la posibilidad de un cambio de atmósfera hacia la virtud de la humanidad. Jacques le Bon se acomodaba en su asiento del Teatro Nacional para disfrutar del espectáculo. La sinfonía No.2 del director de orquesta austrobohemio de origen judío Gustav Mahler. Sentado por fin, Jacques le Bon suspiraba desde su butaca. Lograr paquearse en la plaza de la cultura abarrotada le produjo sentimientos encontrados. Las aceras tomadas por jeepetas de alto calibre, homogenizaba la estirpe del Caribe. Vale la pena susurraba Jacques le Bon a pesar de los eternos obstáculos. Confortado se repetía: como llegar a Villacon en busca del moro siempre venciendo barreras.
Faltaban escasos minutos para iniciar el concierto. Que por supuesto no inicio a las 8:30pm, sino a las 8:45. En un acomode ante el clima y la realidad nacional. En calma ya, Jacques le Bon observaba la belleza atemporal del Teatro Nacional. Los recios detalles profesionales del arquitecto Carbonell, el espíritu de trascendencia en las obras del Dr. Balaguer. Qué pensará la reconocida mezzosoprano Joyce DiDonato mientras espera, pensaba y sonreía Jacques le Bon. Un pieza de retos la Resurrección de Mahler. Jacques le Bon aguardaba, y ya respiraba con paciencia desde el previo deleite. Pensó en el mundo, y estos momentos estelares. Las palabras de Andrés Allamand en la triste cumbre, secretario general iberoamericano, producían anhelos desde la majestad del teatro. El alma de la comunidad iberoamericana, decía Allamand, es lo opuesto a un mundo arbitrado por la fuerza. Proseguía el secretario en la poca vistosa cumbre ante la ausencia de México, Brasil y Venezuela: Revindicaba el orden multilateral basado en reglas y la cooperación para afrontar estos tiempos convulsos.
Jacques le Bon aún esperaba. Entre sonidos de celulares y personas acomodándose en sus asientos, seguía pensando en la deslucida (por las ausencias fruto de la geopolítica de los tiempos) cumbre iberoamericana. Las palabras del Rey Felipe VI le resonaban como ecos de deseos: poder responder a los retos con una voz armónica. Como una ocasión para seguir proclamando el compromiso de los iberoamericanos con la palabra, el diálogo, la igualdad, el respeto a los demás, la escucha a las minorías, la ciencia, el emprendimiento y la innovación. Soñaba Jacques le Bon previo al concierto con música para el alma, en un mundo de sordos. De repente los aplausos acalorados. La salida del director Molina junto Joyce DiDonato y Nathalie Peña Comas, marcaban el inicio anhelado. Música maestro susurraba Jacques le Bon mientras observaba la talentosa Orquesta Sinfónica Nacional y su coro de más de 100 voces.
La Resurrección de Mahler le resonaba a Jacques le Bon como una urgencia espiritual profunda. Su interpretación y sonidos se sentían como un espejo del dolor, la incertidumbre y las crisis colectivas que atraviesa el mundo contemporáneo. En una época marcada por fracturas globales, pérdidas existenciales y una constante sensación de colapso, esta obra no le proponía una evasión de la realidad, sino una confrontación directa con la oscuridad y la muerte para transformarlas en pura trascendencia. Su significado espiritual actual radica en su poderoso mensaje de renovación secular y resiliencia absoluta: le recordaba a Jacques que el sufrimiento humano no tiene la última palabra y que, incluso desde las cenizas de un mundo en crisis, la humanidad posee la capacidad inherente de reconstruirse, sanar y volver a levantarse con una fuerza renovada.
Soñaba Jacques le Bon lleno de pensamientos desde su banco de paciencia en medio de aquel banquete musical. Con gozo anhelaba cambios, al ritmo sinfónico de la orquesta. El coro profundo y diverso como voces del más allá. La urgencia de Mahler de buscar sentido se vivía. De persistir desde el arte ante la posibilidad de la grandeza humana. La hermosa voz de la soprano dominicana Nathalie Peña Comas. Trombones y tubas con su papel especial en los momentos cantados, eran soplos para el alma. Como centellas del paraíso, Jacques le Bon vivía la Resurrección. El aroma infinito de Joyce DiDonato al cantar, y mirar el techo del teatro era un porte de leyenda. Como metáforas de los inmortales cielos del Caribe. Un sentimiento de ovación para Sinfonía brotaba de las venas de Jacques le Bon ante un final apoteósico.