La veda surtía sus efectos. Elevar la conciencia desde la responsabilidad con conocimiento, producía más cantidad y calidad en la entrega de los frutos del mar. Respetar los ciclos de la naturaleza premiaba. Atabey, Madre de las Aguas, daba con generosidad a sus súbditos mortales. Año tras año Jacques le Bon apreciaba las bondades del producto. Las Panulirus argus o la langosta espinosa del Caribe, brotaba de los mares con mayor carnosidad. Su sabor más potente. Su ternura repleta de paz con serenidad en todo su ciclo de reproducción. Los pescadores, en su diario afán con sabiduría, asimilaban ya las bondades de la espera. La paciencia que destituye el consumo feroz. Premia el banquete con el invaluable sentido espiritual.
La idea fue de Marisol le Bon, amorosa divinidad del mar y el sol. Como un exuberante cortometraje de Federico Fellini, Marisol le mostró el video a Jacques le Bon que le envió Mello el pescador de la bahía de Ocoa. Una canasta de langostas vivas ocoeñas revoloteaban. Movían sus colas y brincaban con furor. Chocaban entre si como espectaculares cantos de sirenas llenas de brillo y poder gastronómico. Era un baile a la buena mesa. Al poder con majestad de las aguas del mar Caribe. Humedecido por el deseo, Jacques le Bon recibía la temporada de langostas caribeñas 2026. Además desde el privilegio de comprar a precio de pesca. In situ, en las tierras que vieron llegar al inmenso Don Hernán Cortés.
El día después fue de gozo. El sabor persistía desde el recuerdo en la boca. La llamada del caro amigo Estebandivarius von Ruster fue una velada. Había visto la foto de las langostas en la parrilla de Jacques le Bon y decidió llamarlo al otro dia. Salió a relucir la langostas de Maine en la conversación vía whatsapp. El Bogavante cantábrico, con todo el poder batido de sus frías aguas. Jacques le Bon con todo el sabor de la noche anterior. Junto al recuerdo de la mesa con noche estrellada puso en primer lugar nuestras Antenas del Caribe. Le afirmaba al gran sibarita húngaro-fenicio Estebandivarius von Ruster, que nuestra langosta de la bahía de Ocoa era la mejor del mundo. La de mayor poder y sabor de todo el universo.
Simple. Como todo lo verdadero. Jacques le Bon nos comparte su receta de langostas de la bahía de Ocoa. Antenas del Caribe a lo Jacques:
INGREDIENTES
10 langostas perfectamente partidas por la mitad, 10 dientes de ajo ajo picados, 2 tazas de perejil rizado picadito sin palitos, dos barras de mantequilla danesa Lupark y aceite de oliva extra virgen.
EL PROCESO
El fuego listo. Humedecemos nuestra parrilla y nuestras langostas con aceite de Oliva. Para evitar se nos peguen. Colocamos nuestras langostas en la parrilla boca abajo para dorar y sellar. Desde logremos marcar nuestras langostas las ponemos boca arriba. Previamente teníamos lista nuestra mantequilla al sartén, con los ajos, chorro de oliva y el perejil. el perejil lo incorporamos justo al final junto al olor a fusión de la mantequilla, el ajo y el oliva. Finalizada la salsa mantequillada la tenemos reservada en un boul. Con una brocha vamos brocheando de brochear( yo brocheo, tu brocheas, ellos brochean. . . ) langosta por langosta. Derramamos cariño y poder en cada uno de nuestros monstruos marinos. El fuego carboniza sus antenas. La mantequilla con el ajo y el perejil se fusionaban con la masa. Pinchamos la blanca carne y vamos texteando la gomosidad. Una vez sentimos el punto. Que la mantequilla junto al ajo y el perejil hierve junto al fuego desde el caparazón empezamos a retirar. Un breve descanso en bandeja y a comer.
El festín con Antenas del Caribe como protagonistas incluyó mazorcas de maíz a la brasa, aguacate aliñado con oliva y sal, y papitas fritas caseras. Poseídos por la grandeza, toda la mesa divisaba la bahía desde el silencio. Todo el sabor de su mar batido, el poder de sus aguas templadas. El postre fue un digno punto final: flan de coco a la ternura.