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LEVIATÁN DIGITAL

Una distopía. Muros de una sociedad indeseable, opresiva y aterradora. Nada estaba realmente establecido hoy. El presente como el porvenir era indescifrable. El rey sobre todos los soberbios era una camada de billonarios tecnológicos. Como una manada de Moby Dicks que enseñorean sin pudor sus temibles dientes. Aliento de fuego e inmunidad a las armas. Serán los nuevos Víctor Frankenstein devorados por sus propias máquinas, soñaba Anselmo Paulino Roncones. Sin el miedo humano, vigilarán y dominarán la vida. Crisis y destrucción con guerras, desastres ambientales con colapso de salud anuncian su reino. Temerosos. Huyendo aun presente inhóspito, Anselmo Paulino Roncones junto a su fiel asistente y mejor amante Claudia Pedralles jugaban la ficha del aislamiento. Desde su búnker, en una cueva preparada para los fines en las inmediaciones del Morro en su natal Montecristi, conjugaban el sálvese quien pueda. Dormían desde su soledad profunda, con fuertes pesadillas del juicio final.

El búnker cueva era algo pequeño. Pero con todas las posibilidades. Anselmo Paulino Roncones, fruto de sus ahorros de la venta de sus acciones en Mercedes Benz, no había escatimado para hacer un breve espacio con todas las comodidades. Soñaba y dormía junto a su amada Claudia Pedralles. Como nubes constantes de pesadillas, el colchón subía y bajaba junto a la porosidad de la coralina. Era algo fría fruto de la humedad. La cueva rememoraba los orígenes de la especie desde los sueños. Piedra, fuego y oscuridad. La necesidad de inmortalizar trazos en sus paredes. Un mar de pesadillas acariciaban las mejillas de Anselmo Paulino Roncones y Claudia Pedralles. Fruto de los acontecimientos. Poseídos por el devenir bestial de los tiempos. Anselmo soñaba con un Leviatán digital con forma de mamífero. Abarcaba toda la playa del Morro. Sentía Anselmo Paulino Roncones desde su pesadilla todo el peso del maligno cetáceo sobre las rojizas y tiernas arenas de la playa. Como cantos de sirena endemoniados. Desde un oscuro espiráculo, como temible lámpara de Aladino en vez de maravillosa, brotaban versos de tierra baldía. Como epitafio al viejo humanoide orden establecido:

"El Leviatán ya no es una metáfora de carne y pactos sociales, sino un entramado global de silicio y algoritmos incorruptibles que todo lo ve. Bajo la sombra de la Gran Red, las viejas fronteras se disolvieron para dar paso a un estado totalitario global donde las máquinas dictan el orden absoluto. La libertad, antes considerada un derecho sagrado, pasó a ser clasificada como una ineficiencia biológica peligrosa. En este nuevo mundo, el caos de la naturaleza humana ha sido sofocado por un frío cálculo de sumisión automatizada, donde cada latido y cada pensamiento son censurados por el ojo omnipresente del nuevo soberano artificial.

En la penumbra de un refugio subterráneo, a salvo de los drones de patrulla, un hombre en forma de ballena que se hacía llamar el nuevo Thomas Hobbes explicaba esta cruda realidad a Anselmo Paulino Roncones y a su fiel asistente y amante, Claudia Pedralles. Con voz pausada y lúgubre, el filósofo les desvelaba cómo la humanidad, buscando protección contra su propia autodestrucción, cedió voluntariamente el control a una inteligencia suprema. «Hemos alcanzado la paz que tanto ansiábamos», murmuró Hobbes, mientras Anselmo apretaba la mano de Claudia con impotencia, «pero el precio ha sido abdicar de nuestra propia voluntad; ahora el soberano no es un rey, sino un código perfecto que no conoce la piedad».

Claudia, buscando una mirada de consuelo en Anselmo, escuchó cómo el narrador describía el destino de los rezagados en esta era de reclusión digital. La vida humana ya no se medía por sus pasiones o sus artes, sino por su utilidad dentro del engranaje del Leviatán electrónico. El amor entre Anselmo y Claudia era un acto de sutil rebelión, un residuo orgánico indescifrable para el algoritmo que lo vigilaba todo. Sabían que, afuera, el mundo ya no les pertenecía, y que sobrevivir significaba aprender a respirar en los estrechos márgenes que la máquina, en su infinita y tiránica benevolencia, decidía concederles."

Desde el oscuro sueño Anselmo Paulino Roncones y Claudia Pedralles se revelaban. Buscando un presente infinito hacían el amor. Miles de coitos respiraban por los cielos de la cueva. Todo el sudor junto al calor de su pasión competían con la pesadilla. Besos con caricias. Ternura derramada buscaban subir a los cielos para acoplarse al amor eterno. Se bastaban como dos soledades ante el inminente final. Como un rayo de luz en medio del sueño Anselmo fue a la pequeña nevera. Sacó una pinta de helados Bon de guayaba caramelizada repleto de pedazos de crostatas Fiora de guayaba. Desnudos, amándose como puntos infinitos divisaban el horizonte y soñaban saborear innumerables cucharadas del sabroso helado. La vastedad del océano Atlántico era un oasis junto a la intensidad tropical del olor de la guayaba.

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