¿Quién como Dios? se preguntaba Jacques le Bon. Recordando el significado de Mǐkhāēl, nombre hebreo del santo. Era 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel. Quien es el gran defensor (Daniel 12:1), el ayudante celestial (Daniel 10:13) y el único aliado (Daniel 10:21). Es pues San Miguel Arcángel el jefe de los ejércitos de Dios y el líder de las huestes celestiales. Su espada empuñada es grito de lealtad y defensa de la soberanía divina frente a la soberbia. Dispuesto se levantó Jacques le Bon. En lenguas místicas junto al perfume celestial del Arcángel le susurraba al santo: defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Jacques le Bon desayunaba y soñaba. Anhelaba soluciones a los grandes temas globales desde lo místico. Apelaba al poder de las deidades como respuesta a la encrucijada y sinrazón del mundo. Trataba de sobrevolar los escenarios en el día de San Miguel. Más allá de los nuevos dorados de la Casa Blanca en el reciente banquete al Mandarín. Por encima de la sucia metáfora de los barcos piratas del Trompo "Drake melena rubia" Gotti tramposo llenos de oro y petróleo venezolano. En este nuevo mundo fragmentado. De bloques y aliados convenientes. De escudos regionales aislados, con muros autosuficientes de soledades. Jacques le Bon recordaba como disco rallado la voz del Jefe del estado dominicano en la asamblea de las Naciones Unidas. Los sordos oídos del Consejo de Seguridad. La poca importancia a la dantesca realidad del vecino estado fallido de Haití. La coartada de la organización de las próximas elecciones por parte de la burocracia global. Pero como se pueden celebrar elecciones en Haití se preguntaba Jacques le Bon.
El famoso Escudo de las Américas declaró terroristas a las bandas haitianas. Jacques le Bon veía el mundo solo desde su pequeña isla caribeña. Soñaba con una solución global a la cuestión haitiana. Pedía a San Miguel Arcángel que sucediera algo que llamase la atención del rumbo de los nuevos dorados barcos piratas imperiales. Un gran brote de oro en Haití. Enormes yacimientos de tierras raras para provocar la necesidad imperiosa de un fideicomiso global a 100 años para la media isla de Toussaint Louverture. Imploraba Jacques le Bon al Arcángel la llegada de la luz brillosa al oscuro vecino país. La semana dominicana en Washington pudiese significar algo pensaba. Una verdadera conformación de aliados especiales en la frontera imperial. Libre comercio en ambos sentidos nuevamente. Una nueva alianza sagrada mucho más profunda que la Cuenca del Caribe. Un RD como el posible Taiwán del Caribe. Una binacionalidad de zonas francas para producir y suplir toda la costa este imperial. Nearshoring, friendshoring y con cualquier otro tecnicismo que premie a los leales y permanentes aliados reales por los siglos de los siglos.
La presencia de la agente- embajadora católica era quizás posibilidad. A pesar de sus extraños coqueteos con el caos y la disrupción barrial. Jacques le Bon apelaba al poder de San Miguel Arcángel en su día para que ocurriese el milagro. Como metáforas junto al aroma de agua de Florida esparcida por Villacon. La espada poderosa del santo chapeará el mal ancestral desde la parte occidental. San Miguel Arcángel marcando las bases de su rol como defensor del pueblo de Dios. Salvándonos de la posibilidad de oscuras hordas invasivas. Protegiéndonos de su fuego y depredación. Librándonos nueva vez de su bestial instinto destructivo. En plena oscuridad mundial Jacques le Bon se enfocaba en lo particular. Dada la posibilidad de una isla, como el libro de Michel Houellebecq, soñaba soluciones celestiales para el mayor de los males. Volcaba la mirada de forma positiva a las nuevas posibilidades. La posibilidad de una isla en la nueva composición del tablero de ajedrez de la geopolítica mundial.