Intentando la recuperación. Consciente de su deterioro mental buscó ayuda. Interno en un centro de recuperación anhelaba luz. Iluminar el túnel tenebroso de su vida. Por razones insospechadas Jacques le Bon pensó en Vidas Sombrías, ante la noticia de la muerte del joven hijo de la modelo Cindy Crawford. Vidas Sombrías fue la primera obra publicada por el gran escritor de la generación del 98 Pío Baroja quien nació en San Sebastián, país Vasco. Pío Baroja se había graduado de doctor en medicina. Al poco tiempo abandono la carrera y se fue de Euskadi. Partió a Madrid para trabajar con unos parientes en la panadería Viena Capellanes. Realmente Madrid sería mucho más que panes. Una gran ciudad como plataforma para su prolifera carrera literaria.
Vidas sombrías. Estímulos ficticios que buscan llenar vacíos. Impotencia, dificultad para aceptar la verdad. Mi verdad vociferaba Jacques le Bon desde el dolor. Pobre joven mascullaba. Atrapado en la red de las adicciones. Quizás con múltiples diagnósticos, víctima de la falta del sano juicio. El dolor. El dolor como la cuestión. Esa necesidad imperiosa de evadir. Trastocar la realidad, con subterfugios y todos los vericuetos de la salud mental. La frágil línea entre la locura y la salud mental. Lo fácil que parte nuestro barco hacia los difusos horizontes. Aquejado. Junto a la pesadumbre de los versos de Pío Baroja. Jacques le Bon imploraba al altísimo por el alma de Presley Gerber.
Lo intentó, no pudo. No poder por esos insospechados dictámenes de la divina providencia. La mano de Dios difusa. Que más que ver, se siente. Se busca y se anhela en los 17 centímetros de camino de la cabeza al corazón. Enfermedad del alma. Terrible enfermedad de la adicción que pulveriza los anhelos y más caros deseos del ser. Obsesión con compulsión como mecanismo destructivo. El deseo imperioso como cárcel infernal. Volver y volver a esa primera dosis, en comunión oscura con los infiernos de azufre. Hacer lo mismo, esperando resultados diferentes. Jacques le Bon cerraba sus ojos y recitaba una plegaria por el alma del joven modelo de California.
Son tantos anónimos los que parten. Son tantas almas que deambulan junto al vacío y la oscuridad de la adicción. Lo ilícito es combustible. La codicia ciega, para insuflar egos al ya bien visto éxito como sea. Los adictos son carne de cañón. Víctimas de sus propias fragilidades. De su propia ignorancia del porqué. Enfermedad psicosomatíca que destruye. Obsesión fatal que busca y anhela afuera, lo que realmente está dentro. En los recónditos vericuetos del alma que rima junto a la voluntad omnisciente de Dios. Ciegos del mundo, atrapados por la enfermedad. El mundo de las paradojas les es vedado. Aceptar la derrota desde la humildad es un resorte que solo mueve Dios. Al omnipotente siempre las gracias vociferaba Jacques le Bon.
Presley Gerber se marchó. Jacques le Bon no lo conoció. Sin embargo estas palabras son un reconocimiento a su alma. A sus luchas. A su búsqueda del sano juicio y la verdad. Aún lo lejos está Malibú, Jacques le Bon pensaba en los últimos minutos de Presley Gerber. Sus llantos finales de desesperación. Víctima de la adicción. La suprema caída hizo estragos sus más caros anhelos y deseos en plena vida. Todo lo tenia, y no tenia nada. El éxito mundanal nunca fue suficiente. Uno es demasiado y mil no bastan. Su testimonio. Su recurrente querer. Sus múltiples intentos de acercarse a la fuente como un necesitado explorador. Guerrero caído en combate. Jacques le Bon nunca lo vio. Es más no sabia siquiera existía, dado su poco interés por el mundo del modelaje. Sin embargo Jacques le Bon se estremecía ante su partida. Elevaba una plegaria por su alma. Le deseaba mucha paz y serenidad. Esa que tanto buscó en los áridos predios de la enfermedad. Paz y descanso eterno Presley Gerber.