El silencio de las mañanas de domingo me agradaba. Desayunar con relativa calma, poder disfrutar un crujiente pan de agua caliente junto a un par de huevos fritos con yema blanda, jamón y un morir soñando con hielo frappé era un lujo. Muchas veces después de desayunar decidía dar un paseo por el vecindario desde mi irrompible triciclo Fisher-Price. Siempre recuerdo desde la acera enfrente las sublimes melodías musicales esparcidas de Beethoven. Desde un aparato de alta fidelidad para la época, domingo por domingo, religiosamente de 9 a 11 el melómano esposo de doña Palmira cuyo nombre no recuerdo, disfrutaba su sesión de música culta. …









