Cuando despertó, el virus todavía estaba allí. Su media isla y el mundo había cambiado. En un amanecer toda su rutina, su afanosa productividad y búsqueda del pan cada día no existía. Como la peste, la fiebre española de siglos pasados, el terror y el encierro se apoderaban como realidad y mandato para la especie.
Lo apetecible de la perdida de importancia del tiempo competia con la incertidumbre. La flexibilidad de los horarios, el calor amoroso del hogar, el ritmo apacible junto a la inversión de lo esencial y verdadero era un escaparate de universos y posibilidades. No había prisas, ni tapones. El silencio junto …









