Un abrazo y un cigarrillo fue lo último que le pidió a su pareja. Padecía cirrosis, diabetes y habría vuelto a beber a escondidas. Henrietta Moraes fue una extraña belleza. Una musa para el oscuro pintor Francis Bacon. Un instrumento de creación para las profundidades llenas de violencia en el arte de Bacon. Una mancha humana que atrae y seduce. Un amuleto artístico que, desde la caída con aroma a óxido de nuestra condición, produce chirridos de encanto con pasión en el alma.
Serían las 7:17am. Jacques le Bon transitaba el elevado de la Kennedy con Ortega y Gasset rumbo a su jornada …









